Nosotros y ellos

Publicado en Cumbiarengue, parte de los blogs del Periódico Digital El Faro, en Antiguo Cuscatlán, el 6 de noviembre de 2014.

 I. Rutinas morbosas

En casa, cuando yo era una niña, había un ritual: mi papá y yo nos levantábamos a las 6 am y escuchábamos el noticiero de la KL. A las 6:30 era hora de encender el televisor y ver solo el inicio de Frente a Frente; luego iba Entrevista al Día; le seguían los noticieros de televisoras hispanas en Estados Unidos; luego CNN. La vida empezaba después de ver los noticieros. No es cierto, todavía faltaba ir a la esquina  a comprar los periódicos, leerlos de corrido y comparar la redacción de las notas. Para entonces apenas eran las 9 am y quedaba tiempo de sobra para vivir… hasta que empezaran los noticieros de mediodía.

Variaciones de esta rutina están presentes en los patrones de consumo de información de la mayoría de salvadoreños urbanos: levantarse, escuchar o ver noticias, salir a la calle y revisar el periódico. No es la forma más sana de despertar, menos en un sitio como este, en el que cualquier locutor y cualquier portada saluda con la noticia de tres, cuatro, cinco nuevos asesinatos ocurridos en la madrugada, pero se hace. A diario.

Es cruento, pero justificable, preguntarse por qué en 2014 un asesinato en El Salvador sigue siendo noticia, mucho menos portada: el número de muertes violentas en posguerra es muy cercano al de las víctimas del conflicto civil. Matar es normal en El Salvador, así que reportarlo puede resultar tedioso. Los medios se ven forzados a buscar giros que les permitan aumentar su audiencia. Lo novedoso ya no es matar, como puede concluirse por el tipo de delitos que se reportan,  sino el cómo. Prueba de ello es el infinito morbo con el que se recibió una serie de reportajes sobre Israel Ticas.

Las fotos de portada ya no muestran cadáveres (como antaño), sino rastros de sangre o imágenes crípticas de cercos policiales. El público se escandaliza cuando se muestra sangre en una persona viva, como fue el caso de la primera plana de Mi Chero, un periódico de nota roja, el 26 de septiembre de 2014: una joven de 25 años fue atropellada sobre la Avenida Roosevelt de San Salvador. Tendida en el suelo, pero viva, la víctima alzó la cara ensangrentada al intentar ponerse de pie. El titular: «Quedó molida»[*].

La portada en cuestión recibió acaloradas reacciones negativas por parte del público; la víctima incluso demandó al periódico y al grupo editorial que lo maneja no por daño moral, sino violencia simbólica. Diversos calificativos fueron atribuidos a la publicación; la solidaridad con la víctima fue evidente desde un inicio. Si bien justifico tanto la demanda como la indignación colectiva, no deja de parecerme curiosa la elección de calificativos utilizados por la abogado querellante: «vulgar. Grotesca. Humillante».

II. Humillaciones válidas

Tomemos como ejemplo un día cualquiera en el que yo decida almorzar en una cafetería. Es mediodía, así que Cuatro Visión está al aire y los comensales mastican su comida mientras la indolente conductora narra la captura de algunos pandilleros en una comunidad marginal. Las imágenes son siempre las mismas: dos grupos de reacción policial, fuertemente armados, están de pie frente a una puerta de lámina. Cargan una almágana para derrumbarla. Gritan «¡Policiya!» y entran a la casa ─pobre, algunas veces con piso de tierra─. Tras los gritos y las mujeres llorando se ve a los hombres ─jóvenes, descalzos, en bermudas y sin camisa─ tirados al piso mientras diez, doce armas de largo alcance apuntan hacia sus cuerpos expuestos. Estas imágenes también son vulgares, grotescas y humillantes, pero se emiten a la hora de almorzar y nadie se inmuta. ¿Por qué no son recibidas con la misma indignación que la de la muchacha atropellada?

La respuesta es mucho más violenta ─pero más sutil─ que la sangre en una portada o las vulgares expresiones de la fuerza policial al apresar a un pandillero: hay alguien que merece ser humillado en la palestra pública, uno sin integridad que preservar. Uno que no puede argumentar daños a su dignidad ni su imagen, que no participa de ese nosotros tan difuso que compone la gente como uno. Ese ellos que no es persona, contra quienes se exige todo el peso de la ley en un país con descarada impunidad criminal, y para quienes se pide pena de muerte, pueden y deben ser tratados de forma vulgar, grotesca y humillante.

III. Ellos

Es difícil buscar una categoría que agrupe a este ellos en particular. Está claro que en la coyuntura actual son las maras quienes reciben este tratamiento, pero existen antecedentes históricos de otros colectivos también tratados de esta forma. El más inmediato es el de los grupos armados irregulares de izquierda.

Uso el término ellos sin referencia a la otredad de la que se habla en ciertos ámbitos. Ese Otro es opaco, pero reconozco en él algo ora inaccesible. El ellos, sin embargo, no goza de la indolencia con la que a veces se recibe al Otro; el ellos es tangible, como sociedad lo señalo, lo repelo; es indeseable y debe ser destruido a toda costa.

Al revisar los periódicos de los ochenta, es frecuente ver retratos de rostros similares a las fotos de expedientes policiales: de frente, con la cara descubierta. La leyenda varía: terrorista, sedicioso, antisocial, sindicalista. Estos términos, utilizados indistintamente cual si fuesen sinónimos, solían reemplazar a los nombres de las asociaciones políticas a las que presuntamente pertenecían los capturados.

Dicha práctica tiene sentido en la coyuntura política que se vivía: en aquel entonces, el FMLN era un conjunto de guerrillas que buscaba estatuto jurídico de fuerza beligerante a fin de ser sujeto de Derecho Internacional e impulsar un diálogo con el Gobierno de El Salvador. Para los medios de comunicación masiva ─como canales de ideologización al servicio de los intereses de sus propietarios─ era imprescindible, entonces, hacer creer a la opinión pública que no existía tal cosa como un conjunto de grupos armados con control de territorio, gobierno interno y que perseguían fines políticos, sino individuos tumultuosos, sediciosos, antisociales que actuaban de forma anárquica. No nombrar a ninguno de los cinco grupos armados irregulares del FMLN representaba desconocerle como actor político, reducir a sus miembros a delincuentes que actuaba criminalmente a fin de imponer una doctrina en particular: el comunismo. La práctica se mantiene. Cobijada en su Manual de Cobertura de la Violencia, La Prensa Gráfica omite desde 2005 el nombre de pandillas involucradas en delitos. Otros medios han adoptado medidas similares. Está por definirse qué es, en concreto, lo que se busca desconocer ahora.

Esta práctica discursiva, tan ocultista y llena de sinónimos, tuvo contraparte en los ochenta en la cobertura visual del conflicto: mientras las notas daban rodeos para referirse a actores políticos de la izquierda insurgente como tales, las imágenes que las ilustraban eran explícitas. En la contraportada de El Diario de Hoy (en adelante EDH, seguido por la fecha de publicación) del 27 de mayo de 1989 se ve a tres cadáveres masculinos alineados en el piso. Sus ropas están ensangrentadas y sus rostros están descubiertos. Les rodean granadas y un mortero.  Dos  militares con armas largas les custodian. La leyenda: «terroristas muertos».

Photo: Terroristas muertos después de un ataque conjunto al Cuartel San Carlos, San Salvador. EDH, 27/5/1989 http://t.co/0EC6BXI49k — Virginia (@Huishte) May 29, 2014

La publicación de imágenes de cadáveres de presuntos militantes de izquierda era usual en los medios de comunicación masiva de 1989, especialmente en los impresos. Usualmente eran cuerpos masculinos, ensangrentados, descalzos y sin camisa. Era frecuente también insertar ese tipo de imágenes fuera de una nota, como relleno entre bloques de texto reservados para tal fin. Ese tipo de fotografías era más explícita, con orificios de bala o cortes de arma blanca visibles. Se tiene, por ejemplo, al cadáver degollado de un hombre tirado en el piso; le flanquean un muchacho de pie y un niño sonriente. La leyenda: «terrorista muerto (San Pedro Masahuat, La Paz)» (EDH, 22/2/1989).  

Este tipo de imágenes aparecía de dos a tres veces por semana en EDH al menos en la fase final del conflicto armado. No veo mayor justificación a ello que una muy cruenta y premeditada: la sobreexposición del público a imágenes violentas hasta normalizarlas, logrando así que la sociedad asumiese que ese tipo de  muerte  era el escarmiento que merecía un sedicioso, un terrorista. La crueldad era, entonces, justificada de forma vulgar, grotesca y humillante. 

IV. Nosotros

La portada del 5 de mayo de 1989 es distinta. Dos niños muertos, cada uno con una rodaja de limón en la boca, yacen dentro de una lancha, la cual rodean señoras que lloran. Sus cuerpos están cubiertos por ramas de árboles. La leyenda: «Niños víctimas de minas». El texto que acompaña foto usa la expresión «mina terrorista del FMLN-FDR», ilustrando uno de los pocos casos en los que se nombraba a esta organización de forma explícita: al hablar de víctimas civiles.

EDH, sinónimo de periodismo de calidad: pic.twitter.com/WMhNQ9e7xJ — Virginia (@Huishte) May 5, 2014

La intención del uso de estas imágenes, hecho con menor frecuencia, pero de forma más contundente (portadas en lugar de sitios de relleno; usualmente a color a pesar de que primaba la impresión a blanco y negro) era evidenciar el daño que las acciones de estos grupos irregulares ocasionaba en la víctima civil, aquella que, como la muchacha atropellada en la portada de 2014, sí merece consideración y despertar indignación. En el caso de ella y el de los niños víctimas de la mina antipersonal, la exposición sin tapujos de su dolor busca solidarizarnos, convocarnos en un nosotros que es víctima de la imprudencia vial, del ataque terrorista. Un nosotros que deja por un momento de ser tan difuso e intangible y se vuelve concreto en la sangre ajena.

La sucesión de pensamientos al ver este tipo de imágenes, leer casos de jóvenes violadas por una clica o el de los atletas asesinados por pandillas suele ser indignación seguida por rabia, rabia de la que justifica contemplar la pena de muerte para el hechor (como en efecto promulgaba la derecha radical durante el conflicto y que ahora retoma la centroderecha de GANA en el caso de las pandillas). Matar al terrorista, al marero, no representa un mal menor: ninguno es recuperable ni reinsertable en la sociedad. Atentan ambos no contra el Estado ni la estructura social, sino contra nosotros, el ciudadano humilde, el salvadoreño trabajador. Ese es el discurso.

V. El ellos actual

 Mi mamá, una persona con educación universitaria, es una mujer muy lista. Trabaja en salud, algo de empatía tiene. Empero, si se encienden las noticias y se ve la nota de una persona asesinada por no pagar la renta[**], lo primero que dice es: «yo los encerraría a todos esos hijos de puta en un solo penal para que se maten entre ellos. Cuando terminen, y si queda alguno vivo, que le den fuego a esa mierda». Enfatizo que es mi madre y que trabaja en un campo que requiere de alta empatía y respeto por la condición humana para resaltar lo grave de esta forma de deshumanización de un tipo de delincuente en particular. Nunca la he visto expresarse en similar forma de ningún otro grupo.

Ese tipo de clamores es  tan común en la sociedad salvadoreña que asusta. Personas comunes niegan de un tajo no solo los derechos civiles, sino la condición de persona, de un miembro de maras simplemente por serlo. Deshumanización por asociación. Incluso en una sociedad en la que la violencia tiene semejante grado de normalización esto resulta impresionante. Tanto, que uno no puede evitar preguntarse de dónde viene.

Acercamiento a la portada. Era el 25 de junio de 1989. El manejo de las maras es el mismo ahora: pic.twitter.com/h3XiTPPT6o — Virginia (@Huishte) June 27, 2014

Durante la década pasada, mi libro de texto de Estudios Sociales decía que las pandillas eran un fenómeno transplantado de los Estados Unidos y que se debía, entre otras cosas, a entornos sociales fracturuados. No había más información al respecto. Mi referente sobre las pandillas era ese y la imagen de Francisco Flores en una chaqueta café, parado frente a un placazo[***] de la mara 18, anunciando el lanzamiento del Plan Mano Dura para lidiar con las maras. Tejido social roto y represión, esa era mi correlación hace una década.

En la página 7 de El Diario De Hoy del 29 de enero de 1989 hay una nota breve titulada: «Capturan  11 miembros de “maras” en Col. Quiñonez»[*^]. No hay fotografía. «La fuente dijo a EL DIARIO DE HOY que los once sujetos, que operaban en varios puntos de la ciudad, están acusados por homicidios, lesiones, violaciones y robos»[^].  Ya el 4 de marzo el tema era portada: «Capturan miembros de “maras”». Dieciocho hombres de pie, manos detrás del cuerpo, todos con la cara en alto, posan alineados detrás de un conjunto de televisores y equipos de sonido.  El  26 de junio, otra portada: «Ofensiva policial contra las “maras”». En esa edición, más cadáveres destrozados de sediciosos, terroristas, antisistema. Aunque no era explícito entonces, lo que veíamos era ya la transición de un ellos indeseable por otro, un nuevo sujeto de exterminio sobre el cual hablar de forma vulgar, grotesca y humillante.


[*] Quedó molida (2014, septiembre 26). Mi Chero, p. 1.

[**] Renta es el término utilizado para refererise al cobro ilegal por parte de una organización criminal de una determinada cantidad de dinero a cambio de no atentar contra la vida o propiedad de una familia o persona.

[***] Placazo es una pinta alusiva a una mara en particular. Sirven para denotar control sobre un territorio dado.

[*^] Capturan 11 miembros de “maras” en Col. Quiñonez. (1989, enero 29). El Diario De Hoy, p. 7.

[^] Ídem.