Sh sh, seño, se le ve el fustán

Abrís los ojos con alegría y optimismo en una mañana de agosto. Salís de casa, vas con hambre y entrás al súper. El yogur te hace ojitos y te encaminás con determinación envidiable hacia el mostrador de los refigerables. Agarrás el bote adornado con la imagen de saludables fresitas y una voz te revienta el tímpano izquierdo diciendo “le tenemos lo que es la promoción del yogur de aloe vera”. Decís que no porque el sabor de sábila con leche cortada hace llorar al Buki y huís hacia la caja.

Sensación de triunfo en tu ser y sabor a nutritiva fresa en tus papilas.

Llegás a trabajar y la única otra chera en tu capacitación te brinca encima preguntándote por qué te pintás las uñas de un color distinto a cada rato. ¿Por qué rosado? ¿Por qué rojo? ¿Por qué negro? ¿Por qué verde alga? Antes de poder reponerte, te extiende un panfleto del salón de belleza que maneja en su casa y te ofrece servicios que suenan a blah blah blah. Le decís que no vas porque tenés clases los fines de semana, pero igual agradecés. En realidad es en parte eso y que no te gusta que te enlisten los beneficios del champú de polvo de unicornio mientras te chachajean el pelo, pero tu respuesta inicial es poderosa y anti-objeción alguna y no requirió que expresaras tus horas de dolor en el salón “Yesenia”, así que dejás tu debate ulterior y sonreís confiadamente.

Te felicitás por tu conduntente salida del asunto, la cual te satisface hasta el día siguiente, cuando la tipa te da otro folleto detallando los mismos servicios que el día anterior, sólo que a domicilio.

Tan pronto anuncian el receso, corrés hacia la calle y te amparás en un par de Marlboros tan mal vistos por la sociedad. Encendés el primero con calma, das una bocanada, dos y casi tres hasta que se te acerca una muchacha vestida de traje sastre y con un portapapeles en las manos. Te pregunta si te puede hacer unas preguntas para un estudio socioeconómico y decís que sí mientras intentás descifrar si encuesta para FUSADES, FEPADE u organización acartonada semejante -las universidades no lo mandan a uno a ponerse traje para salir a joder a la gente (hola, Facultad de Derecho de la UES.)  Afilás la lengua para contestar fino y la encuestadora te suelta las de rigor: edad, si estudiás y adónde. Tan pronto soltás las respuestas te dice que tiene “la solución para que se acuerde de todo lo que le toca leer. Las nuevas Técnicas Americanas de Estudio que le ayudan a leer (2x+y)² palabras por minuto y además…” Dejás que termine y le decís que no, no te interesa. Guardás el otro cigarro, corrés hacia tu trabajo y te volvés a sentar junto a la tipa del salón de belleza, pensando en qué te va a intentar vender mañana.

¿Por qué me dará tanta cólera que intenten venderme cosas a pura hueveta? ¿Será porque yo trabajé en ventas y “les veo el fustán”? ¿Será todo culpa del estúpido y sensual yogur que al final sí estaba bien bueno?  Malditos vendedores y su gana de hacerme comprar cosas que no quiero. Ya hasta me resulta sutil el calvito de Happy Chop.

Cosas obvias, o talvez no tanto

Todos los días y a toda hora hay alguien en algún lado con la bilis a punto de reventar. Caminan entre la gente, camuflageados entre los mares de cuerpos grises; saludan y son corteses, pero todos, sin excepción, encierran dentro de sí el mismo hedor a mierda que lucha por liberarse de la corbata, las medias color ala de mosca o los jeans. Todos son una muestra de heces humanoide caminando. Lo que pasa es que la mayoría decide obviarlo o intentar disimularlo con aerosoles olor a limón

Mirá a la tipa de la banca, por ejemplo. Le irrita la gente que tilda monosílabos y la que tiene  esa costumbre atroz de finalizar toda oración con puntos suspensivos. Me ve con rabia y me dice que nadie que se respete deja un argumento sin concluír o una idea sin cerrar, que terminar una oración con puntos suspensivos es prueba suficiente de la calidad de pusilánime del autor. “La gente con los pies bien plantados en la tierra sabe cómo, cuándo y dónde colocar un punto final”, dice. Estoy de acuerdo, es un vicio, se llama elipsis y es incorrecto, como lo es tildar “fe” o “ti” o “dio”. Mientras asiento, chispas salen de sus ojos. Está enardecida.

Al curador le irrita saberse imbécil cuando hay imbéciles más imbéciles en la vida que logran estrechar la mano del presidente a pesar de no ser otra cosa que unos grandísimos idiotas. “Qué tienen los otros que no tenga yo”, masculla mientras agita el puño airadamente. “Mirá a Jaime, ese tipo es un pendejo y ahí está en la televisión, llenándose el hocico hablando de su éxito y logrando que idiotas más idiotas que él crean que el tipo es un iluminado”. A él eso le irrita y no lo puede ocultar, su cara se enrojece y al poco rato vuela el control remoto, dando contra el piso que colocó algún idiota más idiota que él, porque tuvo que trabajar de poner lozas y no tuvo el privilegio de ser tan inteligente de poder detectar la idiotez ajena. “Imbécil”, grita. Acto seguido quiebra el televisor, después de lo cual procede a, claro, sentirse un imbécil: ahora ya no tiene cómo seguir la vida del otro idiota. Y suspira.

El ingeniero se enfurece ante los patrones: cuanto más intenta la gente separarse del montón, más se parece entre sí. Las mujeres eventualmente quieren casa, marido e hijos, mientras los hombres disfrazan de maneras bastante torpes la imperante necesidad de meter el pene en algún receptáculo. “Y son todos iguales, sólo quieren coger. Por eso prefiero los números: como no pisan, se puede trabajar con ellos. Ese afán de individualidad, de ser la oveja ocre o magenta, todo eso es simple afán de verga”. Mientras hablaba se acariciaba la entrepierna y a mí me daban náuseas. Náusea de todo, asco de la estupidez y la líbido insatisfecha y del orgullo herido que absolutamente todo el mundo carga, que llena el aire de una ineludible estocada a mierda sin importar la hora ni el lugar. El ingeniero, el curador y la tipa de la banca nunca se callaron, pero yo por fin tengo lo que quería: la certeza que todos, absolutamente todos nos estamos pudriendo por dentro.

Cachiporristas: tradición de nuestros antepasados

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Cachiporristas: valiosa muestra de nuestra herencia pipil

Es de socarla: pocas cortinas de humo han sido tan pintorescas. Preciosa muestra de folclor obtenida de los comentarios de esta nota.

Un paso más cerca de Gonta

¡Konichiwa, majada!

Adivine adónde me fui a meter ayer. No, piense de nuevo: no fui a ver travestis pidiendo levante, estaba lloviendo. Tampoco fui a ver al Alianza, eso fue el sábado y en Usulután, muy lejos. Ayer fui una persona de amplios horizones y fui a parar acá:

Y sí, estoy hablando en serio. No me explico cómo mi vida se fue llenando de otakus y periféricos, supongo que vivieron clandestinos y ahora han visto la luz en una gran salida de clóset con olor a bolas de arroz. Todos expresaron al unísono su ardiente deseo de ir al ICAS a ver lol&tas y gente haciendo cosplay, conciertos de j-music, ver figurines, comprar gorritos ridículos e intercambiar tarjetas. Como ya no tenía manera de cubrir semejante frente y he visto más de diez series de anime en mi vida, decidí unirme a ellos en un amplio despliegue de coraje y valentía de mi parte. No me arrepiento.

Me hice acompañar de un proto-otaku  y un neo-otaku, el primero hondamente interesado en el concurso de cosplay y el segundo en un torneo de Starcraft. Yo iba, francamente, for teh lulz. Ya en el sitio entendí cuál era el origen de mi reticencia hacia las Yume No Tsubasa (ya lo escribo sin ver, por Alá): mi verdadero miedo era verme forzada a aceptar la aplastante cantidad de otakus que conozco. En la mismísima entrada me encontré con Ana y su novio, impactado hasta el mutismo de conocer a una usuario de Linux. Habiendo pagado y siendo mi antebrazo portador de un sellito en forma de Pegaso amorfo como el del tique, nos adentramos a ese recinto oscuro que tenía escrito PERDICIÓN por todos lados, pero en kanji. Y, misteriosamente, me gustó lo que vi.

Por supuesto que vi cosas risibles como el Gokú pipil, la Mileena reventada (nunca volveré a jugar Mortal de la misma manera), Yoshi desnutrido y un Mario transexual junto a unas chibi-algo medio estalladas, pero era divertidísimo verlos correr de en todas direcciones con trajes sostenidos por ganchos de pañal, como una tipa de rojo con sombrerito de Tula Altacasa. Era chivo correr entre gorros de pokébolas y los quinimil afiches de Naruto, Death Note y One Piece -en serio, gente: hay ocho mil otras series-. Vi gente jugando Tatsunoku vs. Camcom y ¡Oh, el terror! Intercambios de tarjetas de Yu-Gi-Oh!

Yu-Gi-Oh! O sea, Yu-Gi-Oh! ¿Qué es esa falta de seriedad? El neo-otaku se fue a un torneo de Starcraft mientras el proto-otaku y yo nos cruzábamos con Karla, Doug, la ex del consorte, el consorte, mi ex-jefe y cuanto otaku estuviese en la UCA en el instante. Entonces caí en cuenta que soy una otaku de periferia y me dio mucha risa. Kekekekekekeke (si entiende la incongruencia de mi kekekeke en un post sobre otakus, revísese).

Sin embargo, no pude evitar notar ciertas cosas:

1. Vi Storm Troopers. O sea, Storm Troopers.  En una convención de anime. Sí, ya sé que la Yume No Tsubasa es lo más cercano a un Comic-Con que tendremos alguna vez, pero tengamos algo de congruencia.

2. En el mismo puesto de los Storm Troopers, como si no fuese suficiente, también vendían discos de Metallica (el Load, por Alá),  Alice in Chains y el unplugged de La Ley. Disculpen, pero WHAT THE FUCK????

3. Encontramos ejemplares de Heavy Metal y de Nightwing. La próxima convención debería decir “Anime y anexos”, a los proto-otakus como Juan les causa indigestión ver cómics americanos y japoneses en el mismo sitio y ya incluyéndolo en el título los calmaría un poquito.

4. La semana pasada fui a la Feria de Cultura Japonesa y este fin a la convención de anime y en todos lados me he encontrado no sólo a japoneses en vestimenta tradicional y yinas Balco, sino también a un 75% de mis conocidos y amigos. Ya basta, en serio, me van a hacer dudar de mí.

5. El paroxismo fue que la Ana me dijese “En el estand de la embajada habían bolas de arroz y me acordé de vos”. Pensé, en este orden:

5.1 De kiru kana de

5.2 ¡Plop!

Ya sólo falta que me inscriba en clases de japonés. Oh wait!

PD: Mis disculpas por no haberme despedido de casi nadie, la lluvia nos sacó en guinda.

♫ Baila, baila, báilame La Suavecita ♫

De pequeña yo era un ente bailarín. Creo que pasar mis vacaciones en la costa tenía algo qué ver. Todos los diciembres, para la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, los residentes del Puerto de La Libertad se ponían sus ropas menos salitrosas y cerraban su calle principal para bailotear alegremente en honor a la unión óvulo + sagrado espermatozoide más significativa en la historia del homo sapiens. La noche del ocho de diciembre significaba diez cuadras llenas de orquestas, bolitos sin ritmo y ventas de carne asada que cerraban al alba, cuando tocaba salir en guinda antes que pasara la procesión. Eso era ambiente.

Mi abuela tenía una megatienda, así que desde la tarde había que ir a comprar hielo a la cooperativa de pescadores para llenar barriles con envases de Coca Cola. Al empezar el bailongo en forma, mi madre huía llevándome a rastras, porque su deseo de contonearse al son de la Orquesta Casino era incontrolable. Caminábamos hacia la entrada principal del puerto y visitábamos tarima por tarima, buscando el son que más se adecuase a sus necesidades danzantes. Cuando encontraba a, no sé, Las Nenas de Caña y me veía sacudir el pañuelo con destreza, sentía -creo- un profundo orgullo al ver que su retoño también levantaba polvo. Pobre mujer, qué gran desencanto se llevó al ver que años después yo no bailaría ni La Macarena.

Mi tía era la encargada de llevarme a “la bodega”, sitio que alguna vez albergó la mercadería que llegaba al puerto, cuando éste tenía la capacidad de recibir barcotes y no sólo lanchitas minúsculas. A este lugar llegaban las “discomóviles”, encargadas de tocar écsitos como ¿Has visto a Aurora?“, “No Limit“, “Mr. Vainy demás atrocidades noventeras techno. Ahí no se veía al típico maitrito de guayabera con su cadencioso paso uno-dos ni a treintañeras cumbiamberas como entonces lo era mi mamá: ahí veías adolescentes topando y experimentando el placer prohibido de tomar Pilsener en bolsa. Nunca me gustó mucho ir ahí; yo prefería, si el chiste era escuchar música moderna, ir a las ruedas. Entre Selena, Bronco y los elotes locos, yo creía que estaba en el nirvana vernáculo. Recordarme a la distancia enfundida en un conjunto Saint Jacks y toda chorreada de salsa negra mientras al fondo Sangre Morena cantaba Trampa me llena de nostalgia.

De esto chambreaba con el Víctor hace poco, externándole mi necesidad de ir a bailotear guapachosamente como no lo he hecho desde entonces. Supongo que en todos estos años podría haber ido a los bailes que hacían antes en el Pabellón Centroamericano o a las míticas batallas de Alci Acosta versus Leo Dan, pero siempre me ahuevé por falta de apoyo moral. Eso y que era yo una bicha bayunca. Sin embargo, ahora que  soy una persona madura (aaaaaaahuuuuuuuuuueeeeeeeeeeevoooooooooooo) me considero capaz de bailar aunque sea al son de Salsa Clave. Sin embargo, el Víctor mencionaba algo atroz: los bailes ya no son como antes, no hay Aniceto Molina ni Orquesta San Vicente adornando la coronación de la reina de las fiestas patronales de, qué se yo, San Esteban Catarina. Ahora estos bailongos han sido tomados por el reggaetón y sus discomóviles. Qué horror ¿Nadie de mi generación o las adyacentes baila ya El Canchis Canchis? ¿Cómo solucionamos una situación tan atroz? Yo quiero un bailongo, me urge. Eso o que el Alianza juegue partidos que no se suspendan por falta de electricidad (cuando tú me miras), lo que pase primero. Simplemente quiero algo tan guapachoso como ésto:

… o remotamente parecido, vaya: la murga es bien feliz. Por lo menos algún lado donde toquen La Suavecita. Si se entera de algo ¿Me avisa? Kthnxbai.