Always Say You’re Mexican, parte I

Publicado en El centro que somos, el sur que no ven, espacio en el proyecto editorial de Ala Izquierda (Ciudad de México), el 5 de abril de 2016.

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Es un sábado cualquiera en San Salvador. El calor es tan intenso que se puede ver: flota. Es una capa gris y húmeda que se inhala y se siente en la nariz como el aire de un secador de manos. La cara de Paty Chapoy está en una enorme valla publicitaria: su “feudo” con Gloria Trevi es la primera plana de la sección de espectáculos de un periódico nacional. Su sonrisa macabra me ve desde lo alto y por un momento yo siento que me voy a desmayar.

Sí, Paty Chapoy es lo suficientemente relevante en un país tan chico como para ser la portada de una sección de espectáculos. Yo tampoco me lo explico.

Bueno, la verdad es que sí hay un motivo para ello. Ventaneando lleva casi veinte años al aire en El Salvador, desde que TV Azteca compró el 75% de las acciones de uno de los pocos canales de televisión abierta que no tenía alianzas con Televisa. Con TV Azteca vinieron Elektra y Banco Azteca, un fallido intento de transmisión del fútbol mexicano y una cantidad atroz de contenido televisivo moraloide y cursilón que no tenía motivo alguno para salir de México. Sin embargo, acá está. El capital mexicano salió de ese canal, pero Ventaneando vive, la lucha sigue.

Ustedes no nos conocen, pero nosotros a ustedes sí.

Antes de la llegada de TV Azteca, El Salvador compartía el trágico destino de los países del istmo: estamos demasiado cerca de México y de Estados Unidos, así que la producción local es poca y mala. Todo en nuestros canales de televisión, en nuestras radioemisoras, pertenece a una franquicia mexicana. El arrastre del seseo hasta volverse una eterna jota, un vicio de pronunciación muy local en El Salvador y Honduras, choca contra la modulación tan afectada de lo que las compañías de doblaje dan a llamar “español neutro” cuando en realidad corresponde a una afectación muy propia de la Ciudad de México. De un estrato particular de la Ciudad de México. Órales, carnal, chamba y morro son palabras que no tienen motivo para ser parte del registro del español coloquial de El Salvador, pero acá están. Por Televisa. Por TV Azteca. Por la radio Qué Buena y Exa y la forma tan horrible de modular la voz de la anunciadora de Cinépolis y que solo puedo calificar como mexicano fresa con una papa caliente en la boca.

Este reparar en las sutilezas de las pronunciaciones regionales no es recíproco. El lector no sabría reconocer un acento salvadoreño del hondureño, por ejemplo. Su mejor intento llevaría a decir que acá se habla como en algunos sectores de Veracruz, pero para eso habría que haber salido de la Ciudad de México, cosa que tantísima gente considera innecesaria. En el acento diferente se repara para burlarse de él, he aprendido de las producciones audiovisuales mexicanas: la entonación aguda de las lenguas mayas, el cacófono vaivén del mexicano clase baja son utilizados como mofa, como sorna, como imán de humillaciones variopintas por “no ser de aquí”. Los salvadoreños que migran y deben transitar por México lo saben. Afectan. Modulan. Practican. Tutean. Le apuesto que muy pocos lectores sabían que en Centroamérica se vosea.

Quien migra y debe transitar por territorio mexicano tiene mejores oportunidades de sobrevivir si es capaz de mimetizarse de alguna forma u otra. Los tonos de piel del mestizaje son más o menos uniformes en Mesoamérica, así que a menos que quien migra tenga rasgos marcadamente indígenas o sea afrodescendiente ya tiene puntos a su favor. También los tienen los migrantes del norte de Guatemala, tan acostumbrados a cruzar a México para vender o comprar que su acento tiene más en común con chiapanecos o campechanos que con los guatemaltecos del sur. Para el resto, salvadoreños y hondureños, su oportunidad de mimetizarse pasa necesariamente por los medios de comunicación.

Sonar mexicano puede llegar a ser vital para sobrevivir.

Las fibras racistas de las sociedades poscoloniales son siempre sensibles ante el Otro, especialmente cuando este viene de otro sitio, suena distinto y carga sobre sí nada más que polvo, miedo y esperanza. Ji abre la boca y enjima juena ají vajer bien difíjil que lajcojaj le jalgan bien, vojn. El Otro que viene del sur empieza, entonces, a reparar en cuánto se alarga su seseo, en la forma paulatina en que la ese se vuelve jota en sus labios y descubre, repara, en que aquello que lo identifica como parte de un lugar lo vuelve vulnerable.

Ser de, venir de, huir de otro sitio le pone un blanco en la espalda. Su casa, su herencia, la forma en la que hable le delata. Entonces empieza a sesear con énfasis, a hacer muecas con la cara porque esa ese eterna le suena tan extraña, tan no suya, tan de otro. Creció viéndola, escuchándola y cantándola. Esa ese que estaba en los corridos de Los Tigres del Norte que escuchaba su tío, en las telenovelas de su mamá; esa entonación que estaba en las películas domingueras de la televisión abierta, pero era entonces siempre ajena. Y ahora debe apropiársela para no morir.

Para evitar la violencia mayor, la que mediante agentes estatales tortura y retiene ilegalmente a los propios ciudadanos mexicanos que no hablan español, la de los carteles y sus masacres, hay que ocultar el origen. Y eso empieza por el habla.

Pasa también por otros detalles más sutiles, más ínfimos. Saber que en México el zapote es mamey y el huisquil es chayote. Que de allá es el pan Bimbo; recordar que el América es el equipo de la espantosa camisa amarilla. Poner atención a las películas y las novelas, memorizar el nombre de algún pueblo indeterminado. Detalles transitorios que hay que tener en cuenta por si acaso el policía federal se sube al autobús y te pregunta de dónde sos.

Migrar es desvanecerse. Desaparecer de un lugar e irse volviendo paulatinamente invisible a medida te vas alejando del sitio del cual venís. Al llegar a la primera frontera debés pasar lo más desapercibido posible. Antes era viable caminar de noche, pero no lo es más. Ahora vos, migrante centroamericano que no quiere ni quiso nunca quedarse en México, debe volverse igual de invisible que el país de donde venís. Es necesario para sobrevivir.

Hay organizaciones que publican en Facebook fotos de la ropa, de las mochilas sin dueño desperdigadas por todo México. Es un ejercicio brutal. Pantalones polvosos, billeteras medio rotas, calcetines bordados. Fotos cubiertas con bolsas plásticas para que puedan sobrevivir al agua y al sol. Camisas de equipos de fútbol de Intibucá, de Guacotecti, de San Lucas Tolimán. Estampas de santos patronos de pueblos invisibles que en el desierto parecen no existir, paisajes de países que solo sirven para la burla esporádica de quien no concibe más mundo que el que acaba en el Estado de México. Vidas, pueblos, países refundidos en una maleta porque sacarlos, saberse parte de ellos, hablar con su cadencia puede significar la muerte. Tras la frontera desaparecen Intibucá, Guacotecti, San Lucas Tolimán. El maíz, el plátano verde, el alguashte. La casa, el mundo. Y toca aprender a hablar como Paty Chapoy.