La banalización del martirio

Publicado en Cumbiarengue, parte de los blogs del Periódico Digital El Faro, en Antiguo Cuscatlán, el 24 de marzo de 2014.

(Juro de verdad que no soy tan seria. Esto es una excepción.)

Cuando se habla de Martin Luther King, lo primero que la gente recuerda es una cita cercenada del discurso de la Marcha de Washington, en 1963. Recalco lo de cercenada porque eso de tener un sueño en el cual los niños negros y blancos unirán sus manos como hermanos es un asunto que causa harta ternurita, sí, pero opaca por completo su contexto: una marcha numerosa a favor del reconocimiento de los derechos civiles de los afroamericanos. El discurso como un todo era una denuncia potente de la opresión y la exclusión socioeconómica, ambos asuntos muy desagradables de conversar en palestras públicas. Diocuarde, niña.

King fue asesinado cinco años después. El impacto que tuvo como líder religioso, voz de un sector históricamente invisibilizado de su sociedad, quien se opuso a la intervención militar en Vietnam y sobre quien cayeron acusaciones de comunismo tras criticar a las estructuras económicas de su país, no podía ser borrado fácilmente. Su legado fue asimilado por las estructuras de poder estadounidenses y absorbida su figura política. Así, su prédica ha quedado públicamente reducida al nivel cumbayá que ahora tiene, donde el pensamiento de King ya no representase una amenaza al statu quo ni a las estructuras de poder. Historicemos solo lo bonito: qué imagen tan linda esa de los niños blancos y los negros tomados de sus manitas. Snif.

Me es ineludible pensar en la absorción estatal de la figura de Martin Luther King cuando veo que la gestión del presidente Funes «honra» (término usado muy a la ligera, por eso las comillas) el legado de Monseñor Óscar Romero imponiendo su nombre hasta el cansacio, repitiéndolo hasta que ya no signifique nada, en cada obra pública u aparición institucional. Tal parece que el Estado da por saldada su deuda histórica con los pobres y excluidos que tuvieron en Romero a un portavoz poniendo un bulevar, una estatua, un mural en el aeropuerto; cortando un listoncito y diciendo que maje, qué privilegio, qué lindo poder inmortalizar a la historia. Démonos todos palmaditas en la espalda.

Tal parece que la administración actual celebra y reconoce la trascendencia de la figura de Monseñor negándose a discutir aquello que la volvió relevante. En un país tan joven y silente como el que tenemos, me resulta peligroso que se iconice a un mártir hueco, sin mensaje. El que pudo ser un gran ejercicio reivindicativo de la memoria histórica, un rescate de la voz calma con la que Monseñor Romero leía parsimoniosamente en sus homilías semanales la retahíla de víctimas de la represión y la desigualdad que aún persiste, corre el riesgo de ser para las futuras generaciones un nombre tan vacío como el de José Simeón Cañas (quien abolió la esclavitud en las Provincias Unidas de Centroamérica, jóvenes). 

Ante esta banalización estatal de la figura martirial, el nombre de Romero persevera. Es repetido como mantra por las voces de sobrevivientes de masacres, de represión y persecución política durante los setenta y ochenta, por las comunidades católicas que preservan su legado; las asociaciones civiles que cada 24 de marzo se niegan a olvidar que este es un país de honda desigualdad e impunidad, y de algunos curiosos que cada año abren una copia del Reporte de la Comisión de la Verdad y se enfrentan con asombro a la magnitud del horror reciente que forjó lo que ahora dan por llamar patria. 

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“El Presidente de la República, Mauricio Funes, junto a la Primera Dama y Secretaria de Inclusión Social, Vanda Pignato, develó hoy una placa con motivo de la denominación por decreto legislativo del aeropuerto salvadoreño como Aeropuerto Internacional de El Salvador Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, en el marco de la conmemoración del 34 aniversario de su martirio.” / Imagen y texto del pie de foto tomado del sitio oficial del Ministerio de RREE.