La banalidad de la violencia

Publicado en Future Challenges, portal web del proyecto sobre globalización de la Bertelsmann Stiftung, el 28 de noviembre de 2013.

Abstract: the amount of people murdered in El Salvador from 1992 until 2013 has long surpassed the number of civilians killed during the Civil War (1981-1992) and the political repression era (1975-1980). Even more so, both public indifference and our whole media consumption are designed to profit from violence: tabloid-like news shows are at the top of the ratings, former army commanders have created private security services that employ twice as many people as the national police. How can El Salvador achieve peace if we have learned how to make a living out of violence?

I.

Un día laboral cualquiera, Pedro sale de su oficina y va a almorzar. Llega a la cafetería, compra pollo con papas, se sienta a comer y alza la vista hacia el televisor: han encontrado el cadáver semienterrado de una muchacha. Violada, mutilada, sin rostro. Pedro mastica sin pestañear, chomp chomp chomp. La muchacha en cuestión era dada por desaparecida; su cadáver presenta señales de tortura. La salsa del pollo tiene un toque de cilantro, chomp chomp chomp. Parece que fue asesinada durante el rito de iniciación de alguna pandilla. Pedro se mancha la camisa al intentar comerse no uno, sino dos trocitos de papa a la vez. Maldice. En la televisión, la típica madre se deshace en llanto.

La sonriente presentadora del noticiero anuncia luego la desaparición de dos adolescentes en la periferia de la capital en la que Pedro acaba de ensuciar su camisa en pos de las deliciosas papas con salsa. Morena y occidentalmente atractiva, envía a la teleaudiencia a una pausa comercial. Una empresa de aceros promociona alambre electrificado para nuestra seguridad y la de nuestras familias. Una empresa de rastreo por GPS ofrece localizar un vehículo robado en cuestión de una hora. Una telefónica española ofrece el último modelo de iPhone mientras dos patrullas se precipitan frente a la cafetería. Suenan dos disparos. Han matado al tipo que justo acababa de retirar dinero del cajero automático de la esquina. Pedro no quiere levantarse a ver al muerto porque eso es morbo y, aparte, se le van a enfriar las tortillas. De todos modos, ya se enterará de quién era el cadáver fenecido ahora occiso cuando sintonice de nuevo la edición nocturna del noticiario con la sonriente anunciamuertos.

Ya de regreso en la oficina, a salvo de la calle, sus asaltos y sus muertos, Pedro no ve a los ojos al vigilante privado apostado en la puerta de la empresa con un rifle de asalto. ¿Por qué habría de hacerlo? En El Salvador la cantidad de agentes policiales es duplicada por aquellos que sirven en agencias de seguridad privada, quienes usualmente pertenecieron a cuerpos represivos durante la guerra civil y no han recibido entrenamiento alguno en tácticas coercitivas. El depositar la noción de seguridad en ese tipo de elementos no es la idea más brillante, pero a El Salvador le parece  buena, lógica y cristiana. Al fin y al cabo, este es un país en el que seguridad significa ser amigo de quien dispara, colocar enrejados en  puertas y ventanas, o poner a un uniforme a hacerse cargo de repartir los golpes. Pedro, después de todo, ha visto al uniforme en la puerta, no al hombre que lo usa, carga el arma, y morirá primero si alguien llegara a asaltar a la empresa. Eso hace que Pedro se sienta seguro.

Funeraria en Suchitoto, Cuscatlán. Foto de Michael Swigart en Flickr, bajo licencia Creative Commons BY-NC-ND 2.0

Funeraria en Suchitoto, Cuscatlán. Foto de Michael Swigart en Flickr, bajo licencia Creative Commons BY-NC-ND 2.0

II.

Un lector cualquiera entra al sitio web de un periódico y ve una publicación: el encabezado dice que han dado muerte a dos pandilleros. Clíck. Oh, la bonanza: al hacerlo descubre que en la nota se han empaquetado otros homicidios. El amable lector recibe siete muertos por el precio de dos. Al costado derecho de la pantalla verá a un sonriente candidato a presidente prometiendo mayor seguridad, mano dura a las pandillas, o romper la tregua con las mismas. Nada de esto importa a Patricia, heredera de una funeraria en Soyapango (uno de los municipios más violentos del país), quien celebra el aumento de las ventas. Tanto ella como los candidatos presidenciales se benefician de la violencia; también lo hace el revendedor de teléfonos móviles robados, el jefe de la agencia de seguridad clandestina. En un país que en el que sectores tan dispares parecen haber aprendido a redituar con la violencia, ¿quién querría reducirla al mínimo?

III.

 Pedro ha vuelto a casa después de dos horas en el transporte colectivo. Le han robado a punta de pistola el teléfono móvil. No hay problema: previsor, nuestro amigo usaba un modelo barato y ahora tiene la oportunidad de adquirir uno más moderno, con plan de datos y rayos láser, al crédito. Para ello, va a un almacén de departamentos, en donde además adquiere una memoria microSD para guardar sus archivos. Compra también un estuche y un par de accesorios para su teléfono nuevo, el cual le robarán dentro de tres semanas y el ciclo se repetirá. El gremio de empresarios privados saldrá en la televisión diciendo que el país no recibe inversión por su inestabilidad social. Lo proclamará airadamente, con indignación, mientras sigue recibiendo a los clientes de los asaltos con sus atractivos créditos a intereses despiadados, aquellos que promociona la sonriente anunciamuertos del noticiero de mayor teleaudiencia en el país, en el que a la venta indiscriminada de inseguridad se le sigue llamando paz.

¿Cómo va El Salvador a alcanzar la paz si ha diseñado dinámicas (en plural) de mercado que se benefician de la paranoia colectiva, los asaltos, y la noción militarizada de la seguridad ciudadana? Nada de eso importa: el nuevo teléfono móvil de Pedro tiene un estuche de cuero. Mirá qué bonito es.