Otra guinda

Publicado en Noticias UCA, espacio de opinión de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en Antiguo Cuscatlán, el 25 de octubre de 2018

 

Durante la última semana, las imágenes de la caravana de migrantes que de Honduras salió rumbo a México retratan una multitud de mujeres cargando bebés en brazos o tomando de la mano a quienes ya pueden caminar. Grupos familiares de madres, hijos y nietos, familias pequeñas y rotas que empacaron lo que pudieron y emprendieron la marcha hacia el Norte mítico; grupos que simbolizan, quizá por primera vez en un buen tiempo, cuán cotidiana y voraz es la tragedia del Triángulo Norte de Centroamérica.

Como en cualquier otro fenómeno social, excluir al género como variable al analizar la caravana migrante significa quedarse con un panorama incompleto. No es que las mujeres no migrasen antes, pero definitivamente no lo hacían en las mismas condiciones que los hombres. Los reportes sobre esclavitud sexual y violaciones hacia menores y mujeres migrantes en territorio mexicano han crecido exponencialmente en la presente década.

Pero como en el desplazamiento forzado interno que ha vivido El Salvador en los últimos años, los análisis contemporáneos de la migración irregular en general y de la caravana migrante en particular harían bien en reparar en la composición de los grupos familiares que están migrando. Al igual como señaló el informe de Cristosal sobre desplazamiento forzado en El Salvador durante 2017, los reportes que hasta ahora se tienen sobre la caravana migrante hablan de mujeres con hijos o grupos de abuela, madre y nieto, si es que no se trata de familias nucleares tradicionales de madre, padre e hijo.

Es la presencia de menores de edad lo que mayor rechazo ha causado hasta ahora entre quienes critican la existencia de la caravana. Desde acusaciones de su uso como escudo humano hasta negligencia, la supuesta irresponsabilidad parental de cargar con hijos en un trayecto atropellado e incierto ha causado hasta ahora un rechazo visceral que parece provenir no de una genuina preocupación por el interés superior del menor, sino de una tremenda indolencia y falta de empatía.

Desde septiembre de 2018, tanto en la televisión abierta como en la de paga se ha emitido una serie de spots de la campaña Quédate en tu país, cuya autoría no reclama nadie y que busca persuadir sobre los peligros de la migración irregular. En uno de ellos, una madre se lamenta ante la desaparición de su hija adolescente, cuya pista perdió durante el viaje. Sugiere el guion que la mujer no estaba consciente de lo que de sobrada manera reportan instituciones de atención a migrantes y Amnistía Internacional: la vida y su certeza penden de un hilo en todo el territorio comprendido entre el norte de Guatemala y Estados Unidos.

La campaña presume la existencia de una ignorancia casi perfecta, banal e intrascendente, como la de quien al ver llover recuerda que ha dejado la ropa lavada a la intemperie. No concibe que la mayoría de quienes migran tiene consciencia plena del terror implícito en ese buscar la vida a toda costa porque se es incapaz de garantizarla en el que debería ser el lugar propio.

Esa feliz ignorancia es privilegio de pocas, poquísimas personas en el Triángulo Norte, una región donde diversas formas de conflicto social (como las pandillas, el narcotráfico o la criminalización de los activistas de pueblos indígenas) resultan en una violencia que mata y explota a mujeres y hombres. Tanto la campaña publicitaria como quienes acusan de negligencia a quienes emprenden el éxodo cargando a sus hijos erran al pensar que ello es fruto de inconsciencia o del propósito de que los niños sirvan de escudo o despierten compasión.

La violencia que mata y empobrece a mujeres y hombres no solo rompe familias, sino que vuelve inviable la huida a cuentagotas de antaño, cuando era el padre o la madre quien migraba hacia lo incierto buscando la educación o la vivienda de quienes quedaban atrás. No puede dejarse a los hijos atrás por el mismo motivo que es infinitamente más peligroso viajar solo que cobijado por miles de otros pobres. Si se van todos a perseguir la vida, ya no queda atrás nada por romper, nadie a quien perder.

En ese sentido, una de las cosas más interesantes de la marcha de los migrantes es el nombre con el que se le ha bautizado. ¿Es un éxodo? ¿Una huida? ¿Una horda de criminales? ¿Una caravana? La elección del sustantivo delata la postura tomada: si es un éxodo o una huida, se acepta que el Triángulo Norte de Centroamérica no es capaz de ofrecer condiciones de vida digna para sus poblaciones. Si se habla de una horda de criminales, no solo se delata un hondo desconocimiento de la región y sus dinámicas, sino una crueldad terrible. El epíteto “caravana” suena, por otro lado, reivindicativo, casi proselitista.

Hay otro nombre que le queda mejor a este movimiento masivo de personas expulsadas de sus hogares por el hambre, la violencia y la pobreza. Uno que quizá no conozca la Honduras que le dio inicio, pero sí El Salvador y Guatemala. Hace menos de cuarenta años, pueblos enteros marchaban al cobijo de los árboles y el silencio. Cargaban también a sus hijos y eran otros, armados y vestidos de olivo, quienes les llamaban delincuentes y reprochaban el uso de menores como supuestos escudos humanos.

Entonces, como ahora, quienes eran expulsados de sus hogares eran también pobres, indígenas, mujeres con maridos muertos o desaparecidos, población LGBTI amenazada de muerte nomás por existir. Como hoy, también los centroamericanos de entonces se hartaron de morir a cuentagotas y decidieron salir en grupo a buscar la vida con sus pertenencias y sus familias a cuestas, cobijados únicamente por el saberse tantos que atacarles sería un escándalo mayúsculo.

Se llamaban guindas. Esto es una guinda.