Los rostros de San Salvador

Publicado en Future Challenges, portal web del proyecto sobre globalización de la Bertelsmann Stiftung, el 6 de septiembre de 2012.

Abstract: San Salvador was a small town built by a group of architects who didn’t dare to dream big. It was meant to be just a small town in a small country.  Now that San Salvador has realized that it is just one of many small towns in a globalized world, its architects are trying to give it a new face, one that will attract tourists, one that will sell. However, are the modern new malls a true picture of what San Salvador really is? What is San Salvador, anyway?

Una amiga con quien vivo, investigadora en el departamento de Arquitectura de una universidad local, me decía hace unos días que el diseño de las ciudades del Tercer Mundo es una proyección hacia afuera, una decisión consciente de cómo queremos ser vistos en el exterior. Esta decisión, por supuesto, poco tiene que ver con un nosotros inexistente, sino con el grupúsculo que decidió el modelo de la ciudad tercermundista en turno. Y quien decidió el diseño de San Salvador obró muy mal.

Es domingo y es de noche. Llueve. Vengo del norte de la capital, del centro financiero; voy a casa, al sur. Para hacerlo, no queda de otra que ir al Centro Histórico y rezar porque no me atropellen. Caminar por la Avenida España, calle que otrora dividía a San Salvador a la mitad, es un acto suicida. La avenida es estrecha, tiene apenas dos carriles. Tiene aceras, sí; tan estrechas como los carriles, mas las mismas están atestadas de vendedores no autorizados que se adueñan de los espacios diseñados para el peatón a punta de lámina, plásticos y canastos. Invaden las aceras y la mitad de un carril. El transporte colectivo, la ingente cantidad de autobuses del transporte colectivo, vuelven intransitable a la calle. Sin embargo, no me queda más opción que cruzarme esta calle y otras idénticas si quiero llegar a casa. Al no haber más opción, corro en zig zag intentando no deslizarme entre la basura de la calle, las cloacas desbordadas, los pitos de los buses y los semáforos inservibles. Este es el San Salvador de a diario.

A esta ciudad le gusta presumirse moderna y próspera. Muestra una sola cara, la del occidente, la de los centros comerciales construidos sobre lo que hasta hace siete años era el único pulmón de la ciudad: un bosque de cafetales. La mitad fue talada para construir estas enormes plazas, tan enormes que al verlas uno podría presumir que están asentadas en un país de renta alta y no en un rincón apaleado del Tercer Mundo. La otra mitad se la dividieron un proyecto de residencias de lujo y un anillo periférico para descongestionar el tráfico que del occidente entra a la ciudad. San Salvador ya no respira, pero es moderna y próspera. Eso le gusta creer. Olvida que esa es su cara reciente, que antes del terremoto de 1986 tenía una faz neocolonial y blanca, una muy lejana a los cafetales ahora inexistente: una partida en dos por la Avenida España.

Las fotos turísticas de San Salvador no van a mostrar el caótico Centro Histórico, ese con las calles congeladas en 1979, pero con carga vehicular del Siglo XXI. El tiempo está congelado en el Centro. La publicidad, las prostitutas, los cafés de donde desaparecieron tantos activistas civiles, sus facturas en una moneda que ya no existe, todo sigue ahí. Sin embargo, esta imagen de San Salvador no vende. Nadie habla de ella. Las paredes ahumadas gritan la historia de una generación masacrada y silente. El trauma es tal que no se habla sobre ello y San Salvador es, de nuevo, el occidente. El Centro Financiero. Las torres de veintiséis pisos construido sobre un enramado de fallas tectónicas. El “futuro”.

Las fotos tampoco mostrarán los asentamientos construidos sobre un arenal que se inunda un invierno sí y el otro también. Seis cuadras al sur de la Avenida España, San Salvador retiene su verdadera cara: la de las casas de bahareque, la de los techos de teja; la de las grietas de los terremotos y el espíritu de pueblo. Los edificios construidos como parte de un plan social de una ciudad que nunca previó crecer tanto y tuvo que recibir a sus nuevos hijos como pudo y adonde pudo. Sus sonidos son ensordecedores porque el hacinamiento es evidente.

San Salvador no puede evitar ser, a pesar de cuánto procure maquillarse, la capital del país más densamente poblado del continente. Nadie lo previó. Nadie lo previno. Por eso, los arquitectos aspiracionales que otrora pretendieron dar un aire europeo a lo que nunca fue más que un pueblo grande ahora optan por imitar al nuevo horizonte: a talar los cafetales, a derrumbar los bosques para darle a la ciudad lo que nunca tuvo: un sentimiento genuino de progreso y modernidad.