El México que se construye sobre los muertos

Publicado en  en el proyecto editorial de Ala Izquierda (Ciudad de México), el 27 de enero de 2017.

El anuncio sobre la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y las nuevas disposiciones migratorias de la frontera sur parecen sugerir que ante los ojos de Estados Unidos, México ya no es parte del gran sueño del Norte. Su socio del sur ha sido degradado a una categoría que aquel siempre ha considerado lejana, ajena e inferior. Por primera vez en mucho tiempo, México se ve forzado a verse, a aceptarse y a sentirse como parte de Latinoamérica.

Peña Nieto no tiene, ni política ni comercialmente, nada de peso por negociar. El flujo migratorio de mexicanos hacia Estados Unidos está en franco descenso desde hace años; la situación actual del petróleo tiene al peso en su posición frente al dólar más débil en la década. La intención de la reunión de septiembre es ahora más clara: el Trump sin nada por perder y el Peña Nieto sin nada por ofrecer solo tienen un tema en común: el que discutieron. Los pandilleros, maleantes, ladrones y violadores. Las prostitutas. Los traficantes. Los migrantes de Centroamérica.

Si el aparato diplomático y la presidencia del gobierno mexicano reaccionan a Trump con catatonia, los mexicanos en redes sociales están en franco pánico. Llamados desesperados  a la acción, a retirarse de las negociaciones bilaterales, a la postura firme y a defender el honor de la nación son vertidos sin descanso desde el anuncio de estas medidas. Están en juego ahora no solo las relaciones con el mayor socio comercial y político ni la vida de millones y millones de mexicanos en Estados Unidos, sino algo peor (o eso parece): el orgullo nacional.

Verán, yo soy centroamericana. Soy salvadoreña. No sé una mierda de orgullo nacional. Mi país exporta gente, mano de obra. Mi país es kilómetros y kilómetros de fosa común tras fosa común. Por ello, toda mención a defender a la patria me resulta tan cercana como la nieve. No la entiendo. Creo, eso sí, que nada justifica que el afán mexicano por restaurar su imagen nacional tenga como único as bajo la manga la vida de aquellos que luchan por no morir soterrados por el peso de los otros, tantos, infinitos muertos del Triángulo Norte.

Jorge Castañeda no es el más brillante miembro de la carrera diplomática mexicana. Tampoco fue el más exitoso, pero sí es un pendejo con palestra, con el título cuasinobiliario de exsecretario de relaciones exteriores, publicó lo siguiente en una columna en El Financiero el 11 de noviembre de 2016, menos de una semana después del triunfo electoral de Trump:

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La deportación masiva de mexicanos es una grave violación a los derechos humanos que debe ser evitada a costa de la deportación masiva de centroamericanos, afirmó en noviembre el excanciller. A menos de un mes de escribir que la integridad de los mexicanos en Estados Unidos debía protegerse a costa de las vidas centroamericanas, inferiores, descartables y sin valor alguno cuando no sirven de carta de negociación para México, el mismo Castañeda afirmaba en Nicaragua que México y Centroamérica debían aliarse, trabajar juntos, para hacer frente a Trump.

Desde mediados de la década pasada, México es el responsable de la mayoría de deportaciones, ahora sí, masivas, de centroamericanos a un territorio en guerra. Nunca tuvo reparo en hacerlo; tampoco se preocupó cuando surgieron una tras otra las denuncias de abusos a migrantes por parte de agentes federales, el Instituto Mexicano de Migración y el ejército. Durante ya una década, en México se nos ha violado, mutilado, desaparecido y explotado. Ese mismo México ahora demanda nuestra solidaridad, que se le reconozca como uno de nosotros, como un importante aliado político.

Miles de nombres perdidos en el desierto me impiden tomármelo en serio.

Para restaurar su vilipendiado orgullo nacional, mexicanos, chicanos y exfuncionarios de gobierno llaman al discurso nacionalista que tanto daño ha causado al propio México con mujeres indígenas que mueren pariendo afuera de los hospitales o afrodescendientes deportados a Haití porque es imposible que fuesen de verdad mexicanos. El “viva México” del expresidente Vicente Fox, ahora elevado a defensor de la patria, llama a uno y otro lado de la frontera a la unidad. Al orgullo. A la dignidad. Todo esto está bien, pero no a costa de otros.

El ideario nacional mexicano pelea con uñas y dientes para no ser jamás nosotros; nunca Latinoamérica y menos la del centro con sus países intercambiables, con economías volátiles y un temible vecino del norte que solo repara en nosotros para ver si chingándonos más de lo usual vuelve a ser lo que hasta ahora ha sido: México, el achichincle de Estados Unidos.

Es necesario encontrar una forma de trabajar por los problemas creados por la desquiciada antipolítica de Trump sin pisotear a otros. Centroamérica no puede ser la carta que México se juega sin reparo alguno, muro o no. Una reja en el desierto no es necesaria cuando el ideario nacional se construye a partir de la abierta criminalización del otro cuya solidaridad afirma buscar.

El editorial del 26 de enero en El País llama a la solidaridad con México; pide en voz alta y clara alcemos nuestra defensa a México, el mismo que lleva años, una década, matando, desapareciendo y mutilando a la gente como yo mientras se ríe a carcajadas preguntando si en Honduras hay internet.

La solidaridad que los mexicanos demandan para sí no ha sido extendida a los migrantes no-blancos de Latinoamérica[i] desde que la política exterior mexicana de los ochenta llevó a otorgar asilo político a centroamericanos perseguidos por sus propios gobiernos y ser sede de la firma del cese al fuego de El Salvador. Sin embargo, la solidaridad pasada no da carta blanca para los abusos del presente.

La defensa de México no será a costa de nuestras vidas. México no se volverá fuerte a cambio del recrudecimiento de su ya hostil política hacia Centroamérica. Latinoamérica no se construye matando. Viva México, sí, pero no el que se alce sobre la fosa común de los centroamericanos.