Letras sin identidad: la no-literatura salvadoreña

Publicado en Revista Distintas Latitudes, Ciudad de México,  el 27 de noviembre de 2012

Cuando le toque leer sobre El Salvador y note en el escrito un aire nostálgico, una oda a las pupusas o a los vientos de octubre; una añoralgia a la noble patria rota o un idilio costumbrista medio quejumbroso, que no le mientan: uno sabe perfectamente adónde vive y ese sitio no es el descrito. Es más, si alguien está consciente del lugar en el que vive es el escritor. Si alguien no puede huir de la horrenda misión de ponerse de pie y ver a este monstruo de país a la cara, ese es el escritor. Honestamente, esa misión es una mierda.

Al lector le venden el cuento de que ningún escenario es mejor sembradío de literatura jugosa y diversa que una sociedad vilipendiada y rota. Espera entonces que al menos para eso haya servido venir a nacer en una esquina del Tercer Mundo tan rota y hedionda como esta; en la que se ha matado, se mata y se matará por los motivos más imbéciles y sin fin aparente desde el inicio de los tiempos y quizá hasta que todo esto implote.

Anhela el lector que la sobrepoblación, lo kitsch, las puertas enrejadas, la voluntad militaroide, los terremotos, el hedor a sangre, las banderas gringas por doquier, y el afán casquivano de alquilar la voluntad nacional para cumpleaños, bodas y bautizos de quien sea se convierta en un caldo de cultivo, en una ebullición de prosa o de verso o de dramaturgia o de ensayística o de no-ficción o de lo que sea, pero escrito. Lo anhela por un solo motivo: porque vivir adonde vivimos no tiene escapatoria y el único escenario en el cual San Salvador resulta viable es si se le ve como un fecundo y ridículo caldo de cultivo para ficción.

La literatura salvadoreña es victimaria de sí misma.  Mejor dicho, el canon de la literatura salvadoreña es victimario de la actual, directa e indirectamente. Por tratar de apegarse o de huir del canon, la literatura salvadoreña no solo carece de identidad, de fondo o de forma, sino también de existencia. Se escribe, sí. Se publica a unos pocos. Pero de eso a llamarle literatura a lo publicado ya es recorrer un largo trecho que quien valore la palabra escrita no debería aventurarse a dar tan a la ligera.

Sin entrar en detalles, resumiré a grandes rasgos  el acontecer literario del siglo XX. Existen tres momentos, por llamarlo así: el costumbrismo en Salarrué(1) (prosa) y Alfredo Espino (2) (poesía); la Generación Comprometida (3) y el eterno debate  sobre la calidad de poeta o no de Roque Dalton (4), y el golpe en las gónadas del lector clasemediero de posguerra que fue Horacio Castellanos Moya (5). De ellos, quizá solo la obra de Alfredo Espino haya escapado (y muy remotamente) a una doble lectura política, aunque esto tal vez se deba a que el tipo fue listo y publicó un solo poemario idílico sobre vainas como los ojos de los bueyes o la belleza de los crepúsculos. A eso y a que se suicidó a los veintiocho años. Costumbrismo rosa, pues. No sé si será una contribución literaria de peso, pero al menos hasta fines de los noventa, los párvulos memorizaban sus poemas.

Durante la Generación Comprometida lo que predominó fue la poesía. Esto resulta comprensible, dado que la movilidad que implicaba la militancia política en los setenta dificultaba la creación de ficción, usualmente más extensa que la poesía. Si se añade a esto un desprecio general de la misma por el canon literario por considerarlo «burgués», tenemos una combinación explosiva: mucho compromiso literario, mucha emotividad y valor histórico, pero poco valor literario, si es que posee alguno. Sin embargo, este fue un escenario también vivido por el resto de países latinoamericanos que vivieron conflictos armados.

La mano negra de la guerra también tocó a la ficción. Hay por ahí un par relatos y cuentos cortos, como «Puta vieja» (San Salvador, 1988), de Melitón Barba (6). A la fecha, habrá quien todavía espere que se escriba la gran novela de la guerra. Habrá quien la considere necesaria en un país tan empecinado en negarse a sí mismo, en el que los cambios de la posguerra son imperceptibles a menos que a uno le interese la historia de la tierra bajo sus pies. Yo me pregunto si pretender que se escriba esa gran novela, que si el afán de sacar ficción grandilocuente de dentro de un magma de muertos y de sangre y de tanta fractura no es más un insulto que un homenaje, pero allá el lector. También me pregunto quién la escribiría, pero eso lo desarrollaremos más adelante.

Esta ficción ambientada en los ochenta, por demás escasa, era muy vivencial.  De hecho, mucha de la literatura publicada en los noventa y dos mil está compuesta por autobiografías o relatos de excombatientes o periodistas o colaboradores de la insurgencia durante la guerra. Volvemos al escenario en que estos textos representan un valor histórico tremendo, mas el ídem literario es escaso o nulo. Mientras todo esto –o sea, nada en realidad– ocurría, las voces jóvenes aún no aparecían.

Siendo este el panorama literario de los noventa, la esperanza residía en quienes estaban en el exilio. Cuando Horacio Castellanos Moya publicó «El asco» –que no fue su primera ni única novela–, no solo rompió con la burbuja de la seudo Reconciliación Nacional noventera y  los pacíficos remansos literarios que honraban a los caídos y exaltaban la belleza de la causa, sino que tomó a la sociedad de la posguerra por el cuello y la forzó a ver a su ethos a los ojos. El resultado: un profundo asco, Moya. Desde entonces –es decir, fines de los noventa–, la literatura salvadoreña se ha dividido en tres facciones: quienes quieren ser el nuevo Roque, quienes quieren ser el nuevo Castellanos  Moya y quienes tratan de huir de las anteriores nociones de literatura en El Salvador.

El problema, diría mi profesora de Literatura, es que la gente que debió morirse aún no muere, que los jóvenes que pretenden ser el nuevo Roque Dalton no notan que la literatura de emergencia es precisamente eso y que intentar adaptarla a tiempos «pacíficos» es matar su esencia. Tampoco notan que poco de lo escrito por la Generación Comprometida logra sobrevivir como arte si se le separa del contexto político en que fue creada.

El lector deposita entonces sus esperanzas en este tercer grupo, en el que sabe que ni las glorias de una izquierda espectral ni los estertores nauseabundos de una sociedad que no acaba de morir de una vez y para siempre porque ni siquiera ha vivido han de generar historias nuevas. Posa su sed de letras en estos treintañeros que no conocieron al país de antes de la guerra; en los veinteañeros que no supieron de racionamientos de electricidad y que de la guerra solo vieron a sus muertos y a la paranoia. Ante estas esperanzas, creo, el lector preferiría no encontrar nada a ver lo que en realidad tenemos.

La literatura, la mía, la nuestra, me tutea. En un El Salvador que vosea, eso es algo que jamás voy a comprender. La poesía de los treintañeros me habla de parajes ajenos, de aspiracio… eso, en resumen. Prefiero cortar las alegorías y decirlo de una vez: lo que pretende hacerse pasar por poesía en El Salvador es alta y tristemente aspiracional. Ora nostalgian (sin decir, nunca textualmente, porque es muy bajo eso de develarle al lector que estoy hablando del París al que nunca iré) Europas idílicas, ora a las glorias de los viejos dueños del Centro de San Salvador que conocieron por fotos; pero todo en «tú», todo ajeno, todo en  vehemente negación de que esa hermosa mansión hedionda que les inspira está situada en una ciudad que es mía y tuya y nuestra. Una literatura que asume la gloria pasada, pero que rehúsa meter las manos en el muladar presente. Reciclaje aspiracional, pues. O simplemente se enamoran y, como somos todos posmodernos, ya no hablan de la belleza del crepúsculo, sino de semen y erotismo Marie Claire escrito por Amélies de nixtamal. Pero hasta para eso hay que tener estilo.

Existe, eso sí, en la prosa, débiles e inconexos intentos de crear.  Si bien en pocos casos se usa a San Salvador como claro escenario, sí se perciben sus rasgos inequívocos: el ruido, la risible cantidad de gente, el calor. Está presente ahí; quizá sea más difícil de rehuir desde la prosa, pero al menos no está en franca negación del espacio, del germen de donde surge.

Habrá que ser justos y decir que hasta la debilidad de la prosa y la poesía en El Salvador de la actualidad son un triunfo por sobre la absoluta negligencia del gobierno central.  Aunque me cause risa el hecho de pensar que una autoridad central tropical fomente algo que no sea la masacre sin sentido o el fraude electoral –afincadas tradiciones nuestras–, me fuerzo a recordar que se supone que acá estamos construyendo sociedad. Que la actividad artística es cultura. Que llegar a publicar en El Salvador es equiparable a (inserte algo de verdad inasequible aquí).

Nadie reclama este nulo apoyo gubernamental, ni siquiera los escritores. Tanto las gestiones de cultura como los escritores saben que este es un país en el que no se lee, en el que las librerías existen para vender biblias y cromos y los clásicos del canon universal que los niños leerán a la fuerza y a destiempo, haciéndoles odiar todo lo que remotamente les parezca literatura. Un país en el que se vive sobre un magma de muertos y de sangre y de fractura. Uno en el que quizá se justifique el que la literatura opte por ese afán escapista y rosa y tan a salvo de lidiar con una sociedad violenta, devastada y asqueante. Una literatura aculturizada, tuteante, sencilla y accesible al lector ocasional porque sirve para eso: para huir de aquí, de vos, de mí, de nosotros.

Quizá he sido demasiado dura con la producción literaria nacional. Quizá espere demasiado de dos generaciones que crecieron en un miedo internalizado, mas nunca verbalizado. En el desprecio profundo que les causa el sitio en el que viven, aunque el mismo sea también internalizado y nunca verbalizado. Quizá ingenuamente haya creído como lectora que para eso nos servía vivir aquí: para usar todo este hedor para crear; que los muertos y la sangre y el asco fueran un caldo de cultivo para la prosa jugosa y diversa.

Esperé demasiado, pero ya no. Ahora que pase la era de la evasión, tengo la indómita e idiota e infundada certeza de que esa ciudad va a estallar, que alguien volverá a tener el valor de agarrarle el cuello a esta sociedad amorfa, la va a confrontar con su ethos y le forzará a verlo a los ojos. Cuando eso pase, la sociedad va a explotar en vómito. Quizá entonces, cuando todo nos estalle encima, cuando el erotismo Marie Claire y los cantos revolucionarios se acepten como lo que son: un anacrónico chiste; cuando no exista ya nada y tengamos los huevos de volver a crear, quizá entonces podamos escribir desde este país nuestro, caliente y voseante y exasperante. Ese  El Salvador que todavía no existe. Mío, tuyo, nuestro. Uno que ya no dé asco, Moya.

(1)  Salvador Salazar Arrué, 1899-1975. Escritor costumbrista y pintor. El Cristo negro (novela, 1926), El señor de La Burbuja (novela, 1927), O’Yarkandal (cuento, 1929), Remontando el UluánCuentos de barro (cuento, 1934), El libro desnudo (relato, 1936), Eso y más (cuento, 1940), Cuentos de cipotes (1943 en edición parcial, 1961 en edición completa), Trasmallo (cuento, 1954), La espada y otras narraciones (cuento, 1960), La sed de Sling Bader (novela, 1971), Catleya luna (novela, 1974) y Mundo nomasito (poesía, 1975).

(2)  Alfredo Espino, 1900-1928. Poeta. «Jícaras tristes», póstumo.

(3)  Generación comprometida en Wikipedia.

(4)  Roque Dalton, 1935-1975. Ensayo y poesía. La ventana en el rostro (1962), El turno del ofendido (México1964), Miguel Mármol (Costa Rica1972), Pobrecito poeta que era yo… (Costa Rica, 1975), Monografía sobre El Salvador (La Habana, ?), Taberna y otros lugares (Premio Casa de las Américas 1969), Poemas clandestinos (El Salvador, 1975), Historias prohibidas del pulgarcito (México, 1975), Un libro rojo para Lenin (póstumo; Managua, 198?).

(5)  Horacio Castellanos Moya, 1957-. Narrativa y ensayo.

(6)  Melitón Barba, 1925-2001. Ensayo y narrativa.