Por el pisto; por ser ninfómana; por trepadora

Publicado en Revista Factum, en El Salvador,  el 9 de enero de 2017.

Estudiar y trabajar temas de derechos humanos en El Salvador es sumergirse de lleno en el horror. Es leer una y otra vez reportes judiciales, autopsias, denuncias y testimonios que documentan la cotidianidad de la barbarie, del terror y las múltiples formas que estos adoptan en sociedades como la nuestra, traumatizada y violenta.

Quizá por eso mismo es que para la opinión pública existen horrores grandes ─como la masacre de los jornaleros y empleados de una compañía eléctrica en Opico─ y horrores chicos, ínfimos, invisibles, como el de los siete casos de tortura reportados en 2015 por el Observatorio de Derechos Humanos Rufina Amaya. La frontera entre los delitos “realmente indignantes” y aquellos de los que no vale la pena hablar parece estar marcada por una serie de factores socioeconómicos de la víctima: la muerte del trabajador ─y por ende, honrado─ indigna más que la tortura del joven pobre que vive en una comunidad marginal, catalogado como delincuente.

Este no suele ser el caso cuando el horror lo recibe una niña, una mujer, una adolescente.

Ser mujer y estudiar y trabajar temas de derechos humanos en los que ellas son las víctimas es sumergirse de lleno en un horror que se te mete debajo de la piel, que se siente como un dolor punzante entre las piernas porque la constante es que los delitos en su contra sean de naturaleza sexual o incluyan ese tipo de tortura como un añadido. El cuerpo de las mujeres ha sido violentado sexualmente en todos los escenarios de disputa social: en las guerras, es botín; en el crimen organizado, mercancía; en la socialización emocional, el cuerpo de la mujer es aquello que está ahí para ser tomado y es labor de ellas hacer que esa labor sea difícil. El cuerpo de las mujeres, de las niñas, de las adolescentes es únicamente sexo y de su integridad depende su estatuto de persona.

El cadáver de la guerrillera, de la militante, aparecía desnudo y violado en las vaguadas y barrancos del El Salvador en guerra. Nosotros, la sociedad mestiza, somos tales porque el invasor violó a nuestras abuelas. El cadáver de la muchacha pobre aparece hoy descompuesto, desnudo y violado en incontables fosas clandestinas y pozos secos alrededor del país, apilado junto a otros, junto a otras como ella.

A diferencia de los otros macro y micro horrores anteriores, este tipo de barbarie, tan subcutánea y genital, no parece ser importante ni invisible: es negada con voracidad, aceptada como castigo necesario, creída merecida. Disculpada públicamente. Siempre, siempre, siempre culpa de una mujer.

Cuando Katya Miranda fue violada y asesinada en un viaje familiar en abril de 1999, una horda de infelices acusó a su madre como responsable a pesar de que ella no estaba en el lugar, de que sus hijas estaban en compañía de su familia paterna. Era su culpa, dijeron, “porque no cuidó a la niña”. La culpa del indescriptible horror en el que vivió y murió Katya no fue causado por su perpetrador, sino por su “mala madre”.

Cuando a Karla Avelar la violaron y torturaron sistemáticamente, durante años, en el penal en el cual guardaba prisión junto a hombres, los responsables no fueron los perpetradores ni los custodios ni la Dirección General de Centros Penales sino ella misma por haber sido asentada como varón en su partida de nacimiento.

Cuando Natalia entró a una red de trata, a sus 13 años, la culpa fue suya porque “les gusta el pisto, ninfómanas, trepadoras”, me dijo una señora en Twitter. También es culpa de sus padres, dijeron otros, porque “no las educan”, porque “no las cuidan”, porque al parecer todos los buenos y rectos padres salvadoreños hablan de redes de trata y comercio sexual con sus hijas preadolescentes, mismas que castigan cuando a esa edad tienen novio, mismas que llegan a su primera menstruación sin saber de qué se trata aquello que les pasa en el cuerpo, mismas criadas en el “no se toque ahí”.

Si a Natalia la mataron no es por la ineficiencia policial; no es por la noción social de que una vez “usada” una niña, una adolescente está “arruinada”; no es por la estructura económica que empuja a una menor de edad al trabajo sexual, que la margina y la sataniza, sino que es culpa suya, por puta.

Porque le gusta el pisto, por ninfómana, por trepadora.

Las redes de trata no existirían de no ser por este silencio cómplice de una sociedad que cree que las niñas y las adolescentes se prostituyen porque no hay nada qué ver en la televisión ni por la larga lista de hombres que pagan ─y regatean─ por tener sexo con ellas. Es el silencio el que permite que personas como Nelson García, otrora acusado también de ser cliente de este tipo de redes, vayan a los espacios de opinión televisiva a hablar de Luis Marroquín, de Salvador García, de Maximiliano González y de Ernesto Regalado.

En el largo peregrinar de horrores en El Salvador, los sexuales son negados con vehemencia, defendidos públicamente y sumamente pasajeros.

El delincuente sexual ─porque sí, eso son quienes tienen sexo con menores de edad, paguen o no─ recibe una compasión que este país reserva para los niños símbolo de la Teletón. “¿Y qué tiene de malo coger con bichas?” es algo que he visto demasiadas veces en esta semana, ignorando por completo que la trata sexual es la explotación de un ser humano por un grupo criminal que se enriquece cada vez que un hombre usa su posición socioeconómica para pagarle a un rufián para tener sexo con una adolescente, con una niña, y obligarla a consumir cocaína y a emborracharse. Quienes así opinan ignoran que la miseria no debería empujar a nadie a ser vulnerable de caer en esas redes.

A El Salvador le parece muy normal que haya tanta bicha puta, ninfómana, trepadora y que gente como Max González pague por tener acceso a ellas. ¿Por qué no la cuidaron sus tatas? ¿Por qué no se cuidó ella? Nadie cuidó a Natalia. Nadie cuidó a las víctimas de trata, pero la sociedad salvadoreña, sobreexpuesta desde siempre al horror ─al macro, al micro y al invisible─, voraz, intolerante y furiosa, se vuelca en pleno a cuidar la moral del violador, a defender su derecho a ser tal. Y no hay horror más grande que ese.