Ciudadanías en verde

Publicado en Revista Volcánica, espacio feminista de Nómada, en Ciudad de Guatemala, el 31 de agosto de 2018.

 

Jóvenxs argentinas marchan por la despenalización del aborto. Foto: M.A.F.I.A.

Tengo una idea rondándome en la cabeza desde mediados de junio: escribir un texto sobre cómo la movilización de los pañuelos verdes en Argentina representa un punto de quiebre que quizá aún no tengamos herramientas para dimensionar y que trae(rá) consigo una resignificación total de las nociones de ciudadanía y participación política que tenemos actualmente.

La idea la desató una esperanza que vino de este video y la juventud portentosa de la gente movilizada: escuelas secundarias, adolescentes sin edad para ser ciudadanas plenas y por ende, cree el Estado, incapaces de decidir sobre sus cuerpos. Ellas movilizadas junto a mujeres, ciudadanas titulares de derechos y obligaciones, pero mujeres y por tanto, según el Estado, incapaces de decidir sobre sus cuerpos. Uno, dos millones de ellas movilizadas por toda Argentina junto a lxs trans, invisibilizadxs grandemente en toda discusión sobre derechos sexuales y reproductivos. Mujeres y cuerpos cuir que aguantaron frío, lluvia, insultos en la calle por exigir el derecho de ser para sí, de controlar el cuerpo, ese espacio liminal que es a la vez el inicio y el fin de cualquier ejercicio de poder y soberanía. La solidaridad en Chile, en el resto de Latinoamérica de gente nominalmente ciudadana, pero que en términos ciertos no lo ha sido nunca.

Tengo la idea, decía, he intentado escribirla un par de veces. Nunca doy con el tono: me queda demasiado parecido a tarea de tercer año de filosofía y dios mío santísimo, nadie merece el suplicio de leer 1) tareas ajenas; 2) de filosofía. Creo que lo escribo de esa manera porque hablar de cómo los feminismos están moldeando ciudananía nueva requiere, creo yo, hablar de la condición de subalteridad, del cuento viejísimo ese de que la definición de democracia ha mutado con el tiempo y que yo no me creo ni por joder.

Es más, hablemos de eso un ratito.

Los criterios básicos para ostentar ciudadanía, es decir, para tener derecho a opinar y decidir sobre los asuntos públicos, pueden resumirse en dos: ser hombre y tener posesiones. Por mucha vuelta que le demos al asunto y por mucho que se empeñen en Derecho por decir que no es cierto, el acceso a la palabra, la opinión y la toma de decisiones está condicionado por el ser y el tener, cosas a las que las mujeres históricamente no hemos tenido acceso. Nuestro estatus ha sido casi siempre el de cosa tenida. El jornalero más pobre, el migrante despojado y desplazado al menos tendrá mujer. Lxs menores de edad, así, pertenecen a (el término elegante es “son tutelados por”) sus padres o un adulto que pueda decidir por ellxs. Son, pues, también una cosa tenida (Si necesitan que me valide un hombre, vayan a leer a Roberto Espósito).

Es justamente eso lo que me resulta tan fundamentalmente transgresor de las muchachas tomando sus colegios, saliendo a la calle reclamando su cuerpo, su vida para sí sin ser aún nominalmente ciudadanas, pero siéndolo más que muchísima gente a sus 14 años, a mis 31 o en la misma tumba. Los feminismos están cambiando, van a cambiar quiénes y cómo tienen la palabra, ejercen el poder de decisión, manejan los asuntos públicos.

Da miedo cuando habla el subalternx, ¿verdad?

(¿Puede hablar el subalterno? es un libro de Gayatri Spivak y este es un muy mal chiste decolonial. Jamás estudien filosofía. Arruina vidas.)

¿Qué tipo de política se hará cuando estas muchachas lleguen a la mayoría de edad (ese constructo tan raro) y comprueben que no hay opción partidaria que les reconozca como ciudadanas plenas porque siempre negocian usando como moneda de cambio sus derechos, su humanidad misma?

El 8 de agosto, en su intervención de cierre ante el Senado argentino y con la votación ya irreversiblemente en contra de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, la senadora y ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner decía con la airada convicción que solo da el anacronismo que había que incorporar el feminismo a los principios peronistas. No pude más que reírme pensando en esas adolescentes que le llevan kilómetros de distancia, en las miles de formas que el feminismo institucionalizado (ese sí que solo es uno, mediocre por igual en todos lados) ha cercenado y sido insuficiente ante las demandas esas tan radicales que nos da por plantear cuando se nos ocurre ser personas y dejar de ser cosa tenida. En las militantes de izquierda expulsadas de sus movimientos por caer en la tentación burguesa de saberse personas, el eslabón primero de la cadena de explotación, y poner eso antes de “el movimiento”. En las mujeres indígenas y negras que saben que sin territorio no hay derechos. En los cuerpos trans y las personas que les habitan y que saben como nadie cómo todo empieza por poder decidir sobre sí.

Nosotrxs, la generación que pudo aprender que somos nuestrxs a mediados de los veinte o inicios de los treinta, no tendremos el gusto de crecer sabiendo que tenemos derecho al cuerpo propio, al placer, a las relaciones sanas y a construir con otrxs sin anteponer “el movimiento” a nuestras propias vidas. La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en Argentina podrá no haberse aprobado aún, pero la generación que viene, en el sur, ya no estará dispuesta a votar por el menos peor, el partido menos misógino, el que al menos no quiere que me hinque para pedirle por favor que me deje abortar. Hay muchas luces de que los proyectos ideológicos del siglo XX, lo que conocemos como izquierda y derecha, son insuficientes y hasta indistinguibles uno del otro en este sinsentido posmoderno que ahora nos toca padecer. Lo que es seguro es que ni los panoramas electorales ni las formas de hacer política van a ser iguales ahora que lxs niñxs toman institutos, colegios, trenes y han experimentado esa sensación tan extraña de estar en la calle, ese espacio que siempre hemos temido, de noche, rodeadas de mujeres.

Saben que se tienen a sí mismxs, a sus compañeras, a nosotras.

De ahí no hay marcha atrás.

“Virginia, pero estamos en Centroamérica. Acá las cosas no son como en Argentina.”

Ya sé. Pero de eso hablaremos…

…el otro mes.