El amor de los Ken Malibú

Publicado en Revista Volcánica, espacio feminista de Nómada, en Ciudad de Guatemala, el 14 de diciembre de 2017.

FOTO: AMATE EL SALVADOR

Quihubo, muchá; soy Virginia y vivo en el Pupusódromo que damos por llamar Jan Jalvador, en la Hermana República de El Jalvador.

Como todas las maricas centroamericanas que no tienen derechos civiles pero sí acceso a internet, he celebrado, retuiteado, sido feliz y llorado cada vez que en un país se aprueba el derecho de las parejas del mismo sexo a casarse o a adoptar. He sentido emoción genuina al ver a ese montón de gente canche (rubia) y guapa abrazarse y ser feliz. En eso, el internet se vuelve lento, el calor sofoca y recuerdo que yo no soy ni guapa ni canche ni feliz, mucho menos titular de derechos porque vivo en San Salvador, donde eso de las garantías constitucionales no existe para las mujeres y muchísimo menos para las que entran en el espectro LGBTI. Entonces, yo también lloro como la gente canche, pero no por feliz, sino porque quiero un aire acondicionado.

Es delirante pensarse persona en El Salvador. En serio, delirante. También lo es en Guatemala, en prácticamente toda Centroamérica, a excepción de Costa Rica. Salimos todos los junios a marchar, nos pintamos de arcoiris, nos aventamos purpurina encima y vamos a la calle a exigir que no nos maten. A demandar que se nos vea. A decirle a nuestras sociedades ultraconservadoras y asesinas que por mucho que traten de negarlo, aquí estamos, tirando pluma y purpurina. No soñamos aún con matrimonios universales ni derechos de adopción porque pues, para eso primero hay que garantizar que estaremos aquí, compartiendo país y región con gente, partidos políticos y gobiernos que activamente niegan nuestra identidad de género, nuestra orientación sexual, nuestro derecho a ser.

Por eso, porque en El Salvador no se puede vivir, porque soy una marica clase media y tengo un trabajo estable, y sobre todo porque soy necia y creo que todos los derechos son para todas las personas, en noviembre me fui a San José a participar en el I Congreso de Matrimonio Civil Igualitario, una cosa que me resulta lejana e inútil, pero pues, es lo que hay. Si yo fuera Querido y Eterno Líder de los movimientos maricas, diría que nos urge más una Ley de Identidad de Género en los países centroamericanos; que las personas trans enfrentan desplazamiento forzado, explotación sexual y sufren crímenes violentos a una tasa mucho más alta que el resto del espectro LGBTI, pero pues, no lo soy y toca sumarse a los esfuerzos para procurarnos una vida digna.

Costa Rica es otro mundo. El resto de Centroamérica lo sabe. Es, para empezar, un país donde todo vale el doble o el triple que en el resto de la región. También es un sitio donde se puede tener un encuentro para hablar de matrimonio universal sin mayor temor por la seguridad de quienes asisten, donde la Vicepresidenta se posiciona decididamente a favor de los derechos igualitarios. Todo eso lo sabía. Lo que no me esperaba era el grado de desconexión que éste encuentro en particular tendría respecto de las experiencias del resto de movimientos LGBTI de la región y de la misma Costa Rica.

¿Ustedes han visto 31 Minutos, la cosa más bella que ha surgido de Latinoamérica? ¿Recuerdan a los Hombres Musculosos?

Imagínense ahora un encuentro sobre derechos civiles, sobre cómo intentar volver menos precaria la situación de miles de personas en la región más violenta del mundo, lleno, llenito de copias tropicales de Ken Malibú: muchachitos trajeados, algunos de ellos educados en Estados Unidos, sin la menor noción de cómo ni quiénes construyeron el movimiento que ahora quieren “salvar” a punta de, y cito al panelista Esteban Calvo, un activismo “educado, respetuoso y ordenado”.

En San Salvador, como en Estados Unidos y gran parte de Occidente, los movimientos LGBTI se alzan sobre los hombros de las putas trans. Ellas, desplazadas, muertas, refugiadas o marginadas por los propios movimientos −que quizá anhelan parecerse más a las maricas guapas que se abrazan en las fotos de Buzzfeed− no fueron dignas de estar presentes en el Congreso por “falta de fondos”, sí, pero también porque no encajan con la “educación”, el “respeto” y el “orden” que los Ken Malibú aspiran para su movimiento, que no es el de ellas y tampoco el mío. Es, sí, un movimiento pro derechos civiles de los Ken Malibú.

Cualquier persona que haya estudiado los hitos del movimiento LGBTI en América sabrá que, porque solo vemos hacia el Norte, éste tiene por hitos a eventos como el Baile de los 41 u organizaciones como Act Up, es decir, hombres de clase media-alta, hombres blancos a quienes su condición socioeconómica no logró proteger del estigma de la homofobia. Se trató en ambos casos de personas privilegiadas a quienes su orientación sexual les significó confrontar una serie de vejámenes que el resto del alfabeto diverso conocía demasiado bien: la pobreza y la deshumanización.

Desde entonces, el rostro público de los movimientos LGBTI suele ser predominantemente gay y vale la pena preguntarse por qué. Las lesbianas/bisexuales feministas y las putas trans, desde sus trincheras, llevaban décadas hablando de sexodiversidad y derechos civiles, pero no fue sino hasta que hablaron los hombres, cierto tipo de hombres, que las sociedades occidental y centroamericana escucharon. Esto no sería problema si ellos escuchasen, si estuviesen dispuestos a dialogar con el trabajo que otros grupos hicieron antes que los propios; si fuesen críticos con los aspectos de su propio enfoque que perpetúa dinámicas dañinas para todo mundo, como esta obsesión intestina con el amor romántico como núcleo de nuestros derechos.

En el transcurso del congreso, las únicas menciones al feminismo se dieron al hablar del sufragio femenino, a la sazón, la única victoria que se le reconoce. De alguna manera, esto tiene sentido: son los −y no el− feminismos los que llevan años recalcando que el amor romántico codependiente, como el exaltado por los activismos en favor del matrimonio universal, es tóxico y mata, que debemos pensar en formas menos dependientes, posesivas y ya que estamos, liberadoras, de pensar en los afectos. El rol de las mujeres cisgénero se mostró siempre en labores de cuidado: roles maternos, encargadas de salud mental, incluso refiriéndose a la Vicepresidenta de Costa Rica como “la mamá” del país, el disparate más condescendiente que se pueda decir a una persona con la trayectoria de Ana Helena Chacón. Las mujeres cisgénero lesbianas o bisexuales aparecieron si y solo si eran madres: marimachas, sí, tortilleras, sí pero apegadas al rol reproductivo y por ello no tan “desviadas” de su rol como estandarte del amor para la reproducción. Solo hubo dos mujeres trans como panelistas. A una, Victoria Rovira, le quitaron el micrófono tan pronto como dijo pene. Ya saben, maricas: educadas. Respetuosas. Ordenadas.

Además de asqueroso y condescendiente, el amor romántico como punta de lanza para la conquista de derechos civiles es ineficaz. No es enamorarme lo que me vuelve persona. No soy sujeto político por amar. Nadie lo es. En nuestro caso, el amor es el tropo que sustituye a la dignidad humana. “Mire a la marica, sí es marica, sí el gusta por el culo, pero ama. Entonces, es persona.” “Mire a la marimacha, es cierto, parece hombre y quizá no ha probado una buena verga, pero ama.” “Mire a la travesti, está confundida, pero amAH MIRÁ ACÁ YA NO FUNCIONA ESTA MIERDA. Cuando le comenté al organizador del congreso que me parecía que el amor era un argumento débil e ineficaz, contestó “esta campaña ha funcionado en todos lados”. Perfecto, pero, ¿te has detenido a pensar en por qué?

La forma en que las poblaciones LGBTI han sido marginadas y precarizadas en nuestros países ha sido sistemáticamente considerada natural, resultado de nuestra  supuesta infrahumanidad. De algún modo, el edulcorar con “amor” un posicionamiento innegablemente político como la demanda de derechos civiles es una pueril respuesta a ello, como si la precarización de las vidas LGBTI les fuera constitutivo y no un resultado de nuestra activa expulsión de la comunidad de lo político por parte de conservadurismos disfrazados de moral e interés nacional. Amar no nos dará derechos. Yo, vos, soy, sos, somos personas estemos enamoradxs o no. La dignidad humana no se mendiga; se reclama.

Nuestras expresiones de afecto y deseo han sido ora fetichizadas, ora satanizadas. Eso es cierto. Es un error, empero, deducir de ello que son nuestras formas de amar las que se condenan. Se pena, se repele la existencia misma de personas sexo/género-diversas. Nadie te mete preso por amar, sino por sodomía, por desórdenes públicos, por atentados a la moral. En Costa Rica misma, expresiones de afecto y deseo fueron protesta en contra de la homo y lesbofobia que en menos de diez años ha dado como fruto un robusto movimiento LGBTI menos preocupado por amar y más por demandar para sí lo que de suyo le pertenece: todos los derechos para todas las personas. Incluso para los Ken Malibú.