Los veinte años de ARENA y el mito de la nación victimizada

Publicado en Cumbiarengue, parte de los blogs del Periódico Digital El Faro, en Antiguo Cuscatlán, el 4 de julio de 2014.

Siempre me ha llamado la atención cómo se aprende la nacionalidad. Nadie nace diciendo «a huevo, varón, El Salvador pumpumpún» ni con el escudo nacional tatuado en la panza. En algún momento alguien tiene que enseñarte qué es lo nacional y qué implica haber nacido en este sitio y no en otro. Si nos fijamos, las primeras nociones de lo nacional no vienen de la escuela, sino de cosas más sencillas. Un niño tendrá que bailar El carbonero durante algún acto para conmemorar la independencia nacional y creerá ─porque lo visten de pana y sus compañeras usan polleras─ que eso es folclor indígena. Un comercial de Kolachampán hará creer a alguien que migró en los ochenta huyendo de la guerra que su país es plácido y añorable. Lo nacional es, en conjunto, un conglomerado de mentiras piadosas que la gente se dice a sí misma para aguantar el haber nacido acá. 

Sería una movida muy Código 21 de mi parte el decir ahora que lo que nos ha sido socializado como El Salvador es un país que basa su identidad en mentiras, pero ni en mis momentos más melodramáticos alcanzo niveles Lupita D’Alessio. Esa es la idea central del texto, eso sí, pero suponer que esto es resultado de la reacción del pueblo a un conjunto de realidades impotables es inocente. ¿De dónde surge entonces la noción de un país plácido, del indio cuscatleco, de Atlacatl, del Pollo Campero (que es de Xela, no local), la Guerra de las cien horas y España 82? ¿Quién explota estas ficciones? ¿Para qué?

Las naciones se forjan a punta de leyendas: batallas aguerridas, héroes, mártires y víctimas. Glorias y esplendores antiguos, hijos idealistas que morirán por una patria destinada a florecer; pueblos abnegados y trabajadores que tuvieron la desventura de nacer pobres y por ello su destino es sufrir. Todas estas narrativas sirven para construir Estado-nación. A pesar de que estos puntos de vista de la historia no son autoexcluyentes, un gobierno puede optar por adoptar e impulsar entre la población aquella narrativa que más le convenga para obtener sus fines. En El Salvador, la adopción de la segunda es muy clara, al menos durante la fase democrática (de 1984 en adelante1).

Hay ficciones y ficciones, claro. El (inexistente) guerrero pipil que murió peleando por su tribu te ayuda a crear la idea de un aguerrido ethos nacional (dado que enseñar moral es de los roles del estado, se entendía en la Revolución Francesa2) y resulta relativamente benigno. No es el caso de la banalización de otras narrativas más sangrientas, como la de las causas de la Guerra de las cien horas y la eterna animadversión con Honduras. El Salvador es una víctima del expansionismo hondureño, según se enseña. El xuc (canciones como El carbonero et al) es expresión autóctona, no inventada por Francisco Palaviccini y cuya artificialidad no notamos porque no sabemos casi nada de nuestros pueblos originarios. Hay ficciones y ficciones, claro. El asunto es quién las crea y para qué sirven.

El Salvador de finales del siglo XX e inicios del XXI es un país muy Libertad Lamarque. Desde Duarte hasta Sánchez Cerén, los siete presidentes elegidos democráticamente en el Estado moderno han recurrido a la victimización no del pueblo, sino del Estado-nación en pleno (territorio, población y gobierno3) para evadir la responsabilidad en los eventos nacionales. Llámese el congreso estadounidense, los terroristas, la Unión Soviética, las maras o los veinte años de ARENA, tal parece que nada de lo que ocurre en El Salvador es culpa de quienes están en el gobierno y la sociedad que los elige, sino de alguien más. Pobrecitos nosotros.

Lamarque

Buaaa, Honduras nos quita tierra. Ese es el origen de nuestros males, bicha.

Cuando Funes asumió la presidencia en 2009, empezó a desmarañar las diversas malversaciones de fondos y contrataciones fantasma heredadas de gobiernos anteriores. Mucho de su discurso giró alrededor del combate a la corrupción de las gestiones de ARENA; algunos casos se encuentran ya en manos del Órgano Judicial. Empero, la relación simbiótica entre esas gestiones y el tema de la corrupción ha llevado ya a que se discuta en ámbitos académicos el que haya sido ese instituto político el causante de la institucionalización de la corrupción.

Lo anterior no es cierto ni por cerca. En 1980, tras la nacionalización de la producción agrícola-ganadera nacional, se crearon institutos para la gestión de la producción y comercio de café (INCAFE), azúcar (INAZÚCAR) y granos básicos (IRA).  Estas tres instituciones tuvieron sonados casos de desfalcos millonarios durante la gestión Duarte. Por supuesto, el país estaba más preocupado por aquel pequeño detalle de la guerra civil, pero si vamos a hablar del Estado salvadoreño moderno, la corrupción institucionalizada es herencia del PDC, no de ARENA. Esto pasó hace apenas 25 años, mas no se menciona por ningún sitio, ¿por qué?

Lo mejor que puede pasarle a un Estado es tener un antagonista. A las gestiones del FMLN les resulta ideal tener a un referente tan fresco y tan cuche a quien inculpar de todo lo que sale mal. ARENA tuvo a la URSS y a los terroristas comevacas. El PDC tuvo al congreso estadounidense y al temor de la invasión sandinista. Empero, llega un momento en el que la cadena de culpas rebotadas no da para más: ¿la gestión de Sánchez Cerén va a investigar a Funes con la misma pasión con que el susodicho siguió al caso CEL/ENEL o los saquitos de Paquito? ¿Qué pasará cuando nuevas cosas ocurran y ya no haya manera de ligarlas a los veinte años de ARENA?

La humanidad recurre al mito cuando se siente superada por algo que no comprende. Como el descalabro de país que tenemos es una maraña sin sentido, conviene culpar al antagonista más visible: ARENA. Lo interesante viene cuando la tendencia se revierte y es la derecha quien acusa a la gestión Funes de haber cultivado a las maras, ese fenómeno tan nuevo e incomprensible…

Portada Maras

Portada de El Diario de Hoy del domingo 25 de junio de 1989. ¡1989!

La corrupción arenera en sí no es un mito: hay suficiente evidencia en la palestra pública (pero no en lo judicial, qué raro ¬¬) como para afirmar que la cantidad de fondos malversados entre 1989 y 2009 fue enorme. Empero, antes de repetir esa frase como periquitos, quizá debamos detenernos a pensar qué es lo que no estamos viendo mientras lo hacemos y a quién le conviene que veamos fijamente la paja en el ojo del gobierno ajeno y no la viga en el de la gestión propia. Es el primer paso para que El Salvador deje de culpar a otros por sus problemas y empiece a sentar las bases ─por fin─  de una auténtica independencia.


1 En realidad debería haber dicho fase de liberalización política, pero el objetivo era facilitar la lectura. Quien quiera saber el porqué del pie de página, vendrá acá.

2 Las raíces de la enseñanza moral en las escuelas salvadoreñas tienen nexos con la Revolución Francesa, sí, pero el tema va más allá de la construcción del ideario nacional: tiene que ver con la relación entre catolicismo y el estado liberal salvadoreño del s. XIX. Es bien cerote enlazar a una tesis, pero chis, quizá a alguien le interesa saber que acá se desarrolla el tema.

3 El Título III de la Constitución de la República habla de «pueblo», que no es sinónimo de «población»,  pero este no es el espacio para ahondar en aquello que las distingue. GIYF.