Monseñor Óscar Romero: el pastor entre los buitres

Publicado en Fáctico, Ciudad de México,  el 11 de junio de 2015

El Playón es un campo de lava al norte de San Salvador. Metros y metros de grava negra yacen a las faldas de un volcán cuyo nombre original no recuerda nadie.  En un día normal, el sol hace que aquello parezca una enorme parrilla. Aunque ahora este terreno forma parte de un área natural protegida, a finales de los setenta era un basurero de latas, de papel y de personas. Ahí iban a parar los desaparecidos por los Escuadrones de la Muerte, los cuerpos policiales y el Ejército.

El consejo que recibían quienes buscaban ahí a sus familiares era conseguir un vehículo de doble tracción y manejar sobre la carretera hasta ver los buitres. Ellos eran la señal para abandonar el pavimento y seguir sobre la grava hasta llegar a los cadáveres arrojados a la intemperie sobre la piedra ardiente. Decenas de cuerpos eran abandonados a diario como carroña, a merced del viento y del sol.

Desde mediados de los setenta, entre los huesos, los buitres y la grava caminaban señoras buscando trozos de camisas, sombreros o zapatos que permitiesen identificar a quien salió de casa y nunca volvió. A veces les acompañaba un sacerdote de modos suaves y rostro sereno. Era Monseñor Óscar Romero, arzobispo de San Salvador desde febrero de 1977.

Su acompañamiento no terminaba ahí. Durante las misas de domingo en Catedral, transmitidas en vivo a través de la emisora del Arzobispado (a la cual la dictadura no censuraba por ser voz de la Iglesia), Monseñor nombraba cada huelga suprimida, cada estudiante desaparecido, cada preso y asesinado por el aparato represor. Pedía por sus almas. Denunciaba la injusticia de su padecimiento. El monseñor que caminaba sobre la grava buscando muertos, acompañando a una madre, era el solaz de cientos, de miles, todos los domingos en misa.

Pero al bajar del púlpito, la figura calma que hablaba de un Dios de amor que es justicia, que criticaba por igual a la izquierda radical que al aparato militar, era un hombre que temía. Criticado y amenazado en reiteradas ocasiones por ambos extremos del espectro político, abandonado por su congregación (y virtualmente todas las demás, excepto la Compañía de Jesús) y El Vaticano mismo; Romero vivió su arzobispado en la más honda de las soledades eclesiales. Marginado dentro de la iglesia institucional, con él solo estuvo la iglesia que es pueblo. Ambos, feligresía y pastor, solo se tenían el uno al otro.

¿Cómo es que un sacerdote tan incómodo para todos terminó al frente de la arquidiócesis metropolitana? Antes de 1977, Romero era un sacerdote más bien conservador. Nacido en una familia modesta de Ciudad Barrios ─un pueblo rodeado de caficultores y ganaderos ubicado a 160 kilómetros de la capital─, el futuro arzobispo de San Salvador trabajó durante veinte años en la zona oriental del país, en donde más evidente era la concentración de la tierra y la miseria de los campesinos. Lo hizo sin aspavientos «subversivos» ni contravenir el statu quo; incluso mantuvo amistadas cercanas con autoridades militares y terratenientes. Fue, por tanto, considerado un sacerdote inofensivo y nombrado secretario de la Conferencia Episcopal en 1970. Ese mismo año fue ordenado obispo.

Tras su nombramiento, Romero abandonó el campo y se trasladó al Seminario Mayor San José de la Montaña, en San Salvador, el cual entonces era administrado por la Compañía de Jesús. Fue durante ese tiempo que debido al trabajo pastoral que su amigo Rutilio Grande, jesuita, realizaba con las Comunidades Eclesiales de Base (pequeños grupos de evangelización formados por campesinos), que el conservador Romero entendió el rol de esa iniciativa frente a lo dictado por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968): situar a la Iglesia junto al pueblo para denunciar las injusticias a las que este ha sido sometido.

La derecha, tradicionalmente aliada con las denominaciones más tradicionales de la Iglesia Católica, vio en las Comunidades Eclesiales de Base una amenaza a las condiciones económicas de la época. Esto, aunado a un fallido intento de reforma agraria, dinamizó las formas de organización social y contribuyó a satanizar el papel de estos grupos, tildándoles de subversivos. En innumerables ocasiones se pidió a vivas voces la expulsión de los jesuitas de El Salvador. Con la radicalización de la violencia, los sacerdotes y colaboradores laicos de las parroquias con Comunidades de Base se volvieron objeto de persecución y asesinato. Incluido Rutilio Grande, asesinado por elementos del Estado en marzo de 1977.

Fue en la capilla ardiente de Grande que algo cambió en Romero. Rutilio no era un comunista. Él lo sabía. Era un sacerdote entregado a su pequeña parroquia de trabajadores de la caña. Monseñor, hasta entonces cauto pastor, quien hasta entonces prefería interceder por aquello que consideraba injusto en privado, ordenó que se suspendiesen  todas las misas de la arquidiócesis y oficiar el 20 de marzo una sola ceremonia en honor al asesinato del padre Grande. Su homilía de entonces simbolizó el posicionamiento del arzobispado como instancia de denuncia de la injusticia que ahora alcanzaba también al clero. La misma, formulada al tiempo contra las fuerzas radicalizadas de ambos bandos, no partía de la Teología de la Liberación ni militancia alguna: la denuncia de Romero estaba basada en una profunda cristiandad. Con el asesinato de Grande, Monseñor se convirtió en pastor.

Desde entonces, el hombre cauteloso de las cartas privadas cambió de proceder. Subía al púlpito cada domingo y hablaba de injusticia social. Llamaba asesino al torturador y violento al guerrillero. Proclamaba la imposibilidad de la paz sin la construcción de justicia. Misa tras misa, domingo tras domingo, las homilías predicaban al Cristo que libera y que vivía en desaparecidos, presos, masacrados y hambrientos. De lo obsceno de la violencia. De cuán profundamente anticristiana es. Su fuerza, aún a casi 40 años de distancia, estremece. Durante los brevísimos tres años de su arzobispado, el Dios de los altares vivió con su iglesia.

Desde marzo de 1980, tras su asesinato frente al altar, ordenado por la facción más radical de la derecha nacional por haberse atrevido a pedir a los soldados desobedecer las órdenes de asesinar, hablar de Monseñor, considerarlo mártir o asistir a las conmemoraciones en su honor (incluido su propio sepelio, interrumpido por disparos de francotiradores apostados en los edificios vecinos a Catedral) era condenarse a muerte o a la desaparición forzada. Tras el conflicto, hablar de Romero era asumir un posicionamiento socialmente incómodo, uno que afirma como verdades históricas un conjunto de hechos que a El Salvador le conviene olvidar.

Respetar su legado es aceptar que las estructuras socioeconómicas del país son injustas. Que la represión estatal criminalizó a los pobres en general en virtud de una concentración obscena de la riqueza. Hablar de Monseñor equivalía a una forma muy laica de ser iglesia, una que cobijaba a Comunidades de Base, creyentes, ateos, protestantes, agnósticos y católicos no practicantes; una que ante los ojos del conservadurismo cabía bajo la misma categoría de terrorista. Esta dinámica se mantuvo hasta el anuncio de su beatificación, a inicios de 2015.

Tanto el actual papa como el anterior fueron férreos opositores a la Teología de la Liberación con la cual frecuentemente se asocia a Monseñor, quien la encarnó como nadie a pesar de nunca haberla adoptado para sí. Es por ello que la noticia fue un choque para el Opus Dei (encargado de organizar el evento) y la feligresía conservadora, forzada por dogma de fe a aceptar como mártir a un pastor cuya muerte celebraron. El partido político del asesino del mártir pidió estar en primera fila y lo logró, pero los sectores más radicales incluso crearon la campaña Romero no es mi mártir, la cual tuvo tan poco eco que no existe ya registro en línea sobre ella.

Irónicamente, al beatificar a Monseñor, el Vaticano reconocía tácitamente que Juan Pablo II y todas las instancias jerárquicas que le dieron la espalda en vida no supieron ver en él a la verdadera cristiandad, ávida de justicia. Decidieron, pues, edulcorar el acto y denominarlo mártir, sí, pero no por la intolerancia ni el odio a la fe, sino por amor. Decir que Romero murió por amor al pueblo no es falaz, pero constituye una forma bastante elegante de eludir responsabilidades en la muerte del pastor que no tenía a esas alturas más apoyo que el del pueblo.

Monseñor impactó indeleblemente a El Salvador afincando a Dios entre quienes sufren y convirtiendo a la denuncia de la injusticia en un modo de hacer ciudadanía. Es, me parece, la mejor expresión de la secularización del mensaje religioso. Por ello, el 23 de mayo, cientos de ateos, agnósticos, protestantes y católicos asistieron en El Salvador del Mundo a la beatificación del pastor que estuvo con el pueblo cuando con nosotros solo estaban los buitres. Fuimos todos a ser iglesia y a acompañarnos en el alivio de ver al dolor del pueblo reconocido, verbalizado. Setenta y cinco mil muertos después, nuestra historia se consideró cierta. Por primera vez desde el 24 de marzo de 1980, dejamos de estar tan solos.