Para Centroamérica es la guerra

Publicado en  en el proyecto editorial de Ala Izquierda (Ciudad de México), el 1 de septiembre de 2016.

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Crédito: Yuri Cortez/AFP/Getty Images

El encuentro entre Enrique Peña Nieto y Donald Trump tuvo poco que ver con México, con los mexicanos y con el “respeto” que el presidente pueda exigir para sus compatriotas. Nada tiene que ver, al final, con la promesa de la continuidad entre las relaciones de ambos estados tras el hipotético triunfo de Trump. El verdadero tema de la conferencia conjunta fue Centroamérica.

Si quitamos el suicidio político o la franca estupidez del paso, parecería no haber motivo alguno por el cual un presidente con el 23% de aprobación pública reciba en visita oficial al mayor enemigo público de los mexicanos. Eso pensaríamos racionalmente, pero ni Peña Nieto ni Trump tienen la racionalidad como base de sus discursos. Su desconexión de lo racional, de lo políticamente calculado frente a un rechazo popular casi unánime, es total. Uno gobierna sin dar muestras de siquiera reconocer las crisis a su alrededor; el otro es un disociado que comprende lo suficientemente bien que si hay algo que una a individuos aparentemente diferentes es el miedo al Otro. Fue eso lo que lo llevó a México.

Peña Nieto es un gobernante lo suficientemente abstraído de su propia realidad como para aceptar la visita de un fascista en ciernes en virtud de un hipotético lucro futuro atado a algo que el gobierno mexicano ya hace por su cuenta: ignorar, victimizar o criminalizar al migrante irregular centroamericano. Ni Trump ni Peña Nieto tenían nada que perder.

La noción de respeto que Peña Nieto pide para sus compatriotas y su territorio no pasa por el reconocimiento de la dignidad de estos, misma que su propio gobierno les niega. La noción del respeto hacia los mexicanos de Trump no pasa tampoco por admitir  su enorme error al prescindir del capital político de la población mexicana en Estados Unidos habilitada para votar. Lo que está en juego no es el respeto ni la soberanía del territorio mexicano; tampoco la dignidad de sus ciudadanos a uno u otro lado de la frontera. El encuentro buscó rescatar a dos moribundos víctimas de su propia negligencia. Buscó rehabilitar su imagen pública a costa de otros que no existen ni para Trump ni para Peña Nieto ni para el Estado mexicano excepto cuando se trata de expulsarles. Esos otros son Centroamérica.

Las relaciones (hegemónicas desde su base) entre México y los estados del Triángulo Norte de Centroamérica, entre los mexicoamericanos y los migrantes centroamericanos en Estados Unidos fluctúan entre la ignorancia completa y la deshumanización criminal, misma que lleva a la fecha a no contar siquiera con una cifra estimada de centroamericanos víctimas de desaparición, tortura, explotación sexual, esclavitud o asesinato en territorio mexicano desde 2010, año en que empieza a anunciarse la crisis humanitaria de Centroamérica. Cuando México nos ve es para victimizarnos o para criminalizarnos. Trump reparó en ello, lo utilizó y busca usarlo a su favor mediante Peña Nieto y su seudoproclama por la dignidad del pueblo que ha ignorado durante el resto de su gestión.

Los migrantes criminales de quienes Trump habla, y a quienes se refiere como mexicanos en un primer momento, llegan a Estados Unidos ilegalmente y roban y violan y matan, acciones que caracterizan el actuar del pandillero que sí reconocen las sociedades mexicana y mexicoamericana, ese que fundamentalmente es guatemalteco, hondureño o salvadoreño. Es ese el criminal. Trump se equivocó en un primer momento porque, comprensiblemente, para él todo lo que está entre la frontera sur de Estados Unidos y el polo Sur es México. Sepan ustedes disculpar: los criminales son los centroamericanos, no los sacrificados, nobles, dignos y mexicanísimos compatriotas de Peña Nieto.

Si México “reacciona” a la crisis humanitaria de Centroamérica  con un crecimiento exponencial en las deportaciones de ciudadanos centroamericanos, Estados Unidos lo hace con la Alianza para la Prosperidad, nada sutil revival de la Alianza para el Progreso de Kennedy y heredera directa de su intevencionismo titánico en los sistemas de inteligencia, seguridad pública y justicia de los países “beneficiados”. Dirigida al Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras, El Salvador, Guatemala), la Alianza para la Prosperidad (AP) promete desembolsos millonarios a los Estados parte a cambio de garantías de avance en tres ejes centrales: lucha contra la corrupción y la delincuencia, freno a la migración irregular y el fortalecimiento de la institucionalidad. Los resultados más inmediatos de la AP han sido acciones contra las estructuras financieras de pandillas y en Honduras y El Salvador, así como la propuesta de una política de persecución conjunta del crimen organizado y tratados de extradición entre los países del Triángulo Norte.

Poco o nada puede hacer Estados Unidos en los territorios centroamericanos para frenar la migración irregular. Ha probado de todo: inversión en poblaciones con alta movilidad, tácticas de información y desinformación en medios de comunicación sobre el proceso migratorio, entre otras. México es quien ha cargado hasta ahora con el trabajo sucio del freno a la migración irregular. Donde fallan la Alianza para la Prosperidad, la política exterior de México y la Secretaría de Estado de EEUU es en que la causa de la migración en Centroamérica está hoy primordialmente motivada por el afán de supervivencia: el centroamericano migra o lo matan. Esta es una crisis humanitaria. El campo de batalla para detenerla no está en la rehabilitación socioeconómica de Centroamérica, sino en la frontera entre Guatemala y México.

En el ideario de Peña Nieto y de Trump, el migrante es un arquetipo. El del mexicano es una persona con los costes del duro trabajo marcado en el rostro; el del centroamericano es un hombre joven, entre 14 y 28 años, tatuado, rifando barrio. Es ese migrante, han descubierto Trump y Peña Nieto, de quien deben ambos defenderse. Nada se dice del creciente número de madres jóvenes que migran con sus hijos porque el desierto es menos amenazador que las zonas urbanas y periurbanas del norte de Centroamérica. Tampoco se habla de los menores migrando sin acompañantes adultos: sus padres a duras penas lograron montarle en un bus a Guatemala porque las maras le dieron 24 horas para salir de su comunidad. El migrante centroamericano es siempre un criminal para Peña Nieto, para Trump y, esperan ahora, para la sociedad mexicoamericana habilitada para emitir sufragio.

Nada une más que el miedo al Otro que no somos nosotros y ambos idiotas lo saben. Nada une como la amenaza externa y la alianza instrumental entre dos criminales que se saben tales es el mejor ejemplo de lo peligroso que puede resultar para esto para Otro que no forma parte de la conversación, que solo se dedica a buscar a sus muertos en su comunidad, en el país vecino, en México. Los acuerdos comerciales y la dignidad del mexicano tienen muy poco que ver con la declaratoria conjunta de Trump y Peña Nieto. El mensaje es uno: el muro no es para ustedes, mexicanos de bien. Es para otros. Los otros del sur. Usted siga viviendo su vida, exalte a su nación con trabajo y dignidad. La guerra es para Centroamérica.

La factibilidad de la creación del muro fronterizo es irrelevante hasta cierto punto, como también lo es la viabilidad electoral de Trump. Si es Clinton quien llega a la Casa Blanca y el muro acaba por no construirse, la Alianza para la Prosperidad seguirá pendiendo sobre Centroamérica, la migración irregular desde la región seguirá teniendo como principal línea de defensa la colaboración del Estado mexicano. Las deportaciones en masa desde México continuarán como hasta ahora, si no es que aumentan. Pero en el discurso que media, el que aterroriza y dijo hoy que el mexicano está seguro, que tiene un lugar en el Gran Proyecto del Progreso del Norte, la amenaza está instalada. Viene migrando desde San Salvador, desde San Pedro Sula, desde Escuintla, con 14 años, una mochila a cuestas y un rosario al cuello.