Mi nana, los feminismos y yo

Publicado en Revista Volcánica, espacio feminista de Nómada, en Ciudad de Guatemala, el 11 de mayo de 2018.

 

Empiezo a escribir este texto sin estar muy convencida de si debo. Esta historia, aunque es mía, no me pertenece del todo. ¿Qué nos compete contar sobre la gente de nuestra vida? ¿Cómo limito lo que me corresponde a mí por ser mío, por moldear mi vida, respecto de lo que pertenece a alguien más?

Si fuera hombre, escribir sobre mi mamá sería más sencillo: pondría mi mejor tonito Pedro Infante para glorificar el abuso que mi mamá-Sarita-García sufrió durante años y la llamaría el mayor amor de mi vida, pero por gracia de Perséfone no lo soy y existe Rihanna, el verdadero amor de mi vida. Puedo, pues, hablar de mi mamá de otra manera, una quizá más honesta. Una que la recuerda estoica, enojada, cansada. Una que la resintió por años y la lloró por otros tantos, viviendo por adelantado el duelo de no haberla conocido jamás.

En la miniserie de Gilmore Girls que Netflix produjo en 2016 −malísima, ya lo sé, pero déjenme seguir−, Rory Gilmore, ídola de la adolescencia de tantas niñas nerdas, le plantea a Lorelai Gilmore, su mamá, la idea de escribir un libro sobre sus vidas, mismo que empieza con el embarazo adolescente que la trajo al mundo. Lorelai se altera y se niega con firmeza a ser expuesta de ese modo. Rory se siente con derecho de contarlo; es, después de todo, el inicio natural de la historia de su vida. Además de resultar ridículamente Lena Dunhamesco −dejá lo literario, ¿qué de relevante tiene la vida de Rory Gilmore? Seamos serixs−, esa escena me resulta relevante ahora y me obligó a ver de nuevo parte de la miniserie, volviéndome así mártir de las publicaciones digitales en Latinoamérica: ¿tengo yo derecho a contar la historia de mi madre?

La respuesta es no. Hay mucho que no sé de ella,  mucho que quizá al saberlo me dé pistas para hallarle sentido a sus decisiones de vida y me acerque a imaginar quién era ella antes de mí, de la vida, de mis hermanxs y mi tata; antes de la rabia y los gritos, del fuego, de sus ojos iracundos y lo que me parece estoicismo y quizá no lo sea; quizá resulte ser la disociación que necesitó para sobrevivir a todo ello.

Pero no tengo derecho a saber. No tengo derecho a preguntarle, cual meme, por khé erez azi. Eso he decidido. Quizá deba explicar por qué.

 

Mi mamá y yo en 1987, la cima de mi fase Aerolíneas Federales-Soy una punk.mp3

Yo no recuerdo a mi mamá en mi infancia. Recuerdo su voz al teléfono tan bien como me recuerdo llorando en el balcón de la casa de mi abuela cuando llegaban los últimos buses de la capital sin ella a bordo. Más que nada, recuerdo el miedo de haber sido abandonada. Esto no puedo decírselo, por supuesto, del mismo modo que ella no puede contarme y yo nunca tendré la crueldad de preguntarle si es cierto lo que escribió en esa carta de 1988, aquella vez que pidió asilo político en Australia. Hay cosas de las que duele tanto hablar, de las que duele tanto oír. Pero bueno. Buses. El llanto. Mi miedo de haber sido abandonada. No, corrijo: la certeza de haber sido abandonada. El miedo de comprobarlo.

La guerra aún no acababa y acababa de acabar o eso fue lo que decían las noticias. Mi mamá era la única que trabajaba y lo hacía lejos, en territorios en combate, con un uniforme de enfermera que la volvía blanco de secuestro de cualquier bando, incluido el suyo, el nuestro. Ella nunca llegaba a casa y cuando lo hacía era para vacunarme. Recuerdo, y eso tampoco se lo puedo decir, el terror a la hielerita naranja con la que llevaba las dosis a casa con más claridad que a su voz, que a ella, que a cualquier indicio de que en verdad esa mujer bonita de las fotos existía en este plano astral.

No puedo decírselo, por supuesto, porque le dolería. Por eso y porque ahora tengo 31 años y no 4 y conozco el concepto de violencia económica, porque sé que si ella no trabajaba nos moriríamos de hambre. También sé que por eso aguantó años de golpes, de abusos y de dolor, que por eso nuestra relación fue siempre tan tosca y violenta: porque yo pasé años viéndome y sonando como mi tata, un tipo que me hizo creer que era el único ser del mundo que podía quererme, mismo que quizá le hizo lo mismo a ella al tiempo que trató de destrozarnos durante décadas, hasta que mi mamá tuvo la dicha de encontrar una jefa que le creyera, que la convenció de irse, que le dio el trabajo que le permitió cargar sola con tres hijxs, incluida yo, la copia al carbón de ese maldito hijuelagranputa.

Los comerciales en mayo hablan siempre de una mujer pulpo, amabilísima y sacrificial, amada por toda su familia. Yo la recuerdo siempre cansada, llorando callada sobre los apuntes de su carrera, pero sin saber bien si lloraba porque mi papá se había esnifado todo el sueldo, porque estaba cansada, quizá por todo junto. Nadie hace comerciales sobre las mamás que te sirven tomatada con tortilla porque no hay nada más para comer. Nadie te enseña a querer a la desalmada que una noche armó valor, envolvió toda nuestra ropa en bultos hechos con edredones y desvalijó la casa frente a la cual no sonrió el día que se graduó de enfermera y le propusieron matrimonio, frente a la que posó estoica, quizá previendo todo lo que se le venía encima.

Nadie me enseñó a entenderla. Nadie me enseñó a quererla porque a ella tampoco le enseñaron a querer a su madre, una vieja cerota campeona de la viejacerotez. Nadie me explicó por qué nunca pude sentarme con ella a hablar de nada que no fuera medicina ni a entender por qué todo lo que yo era le causaba un rechazo tan visceral. Yo quería a Lorelai Gilmore de mamá, poder contarle de las viles compañeras de noveno grado que me hacían invivible la escuela. En su lugar tuve a la mía, totémica, a quien rechacé virulentamente la única vez que intentó acercarse a mí y preguntarme por qué lloraba todas las tardes al volver de clase. La misma que vi irse a la cocina y llorar sobre las cacerolas después de que le dije que no fingiera, que yo sabía que nadie entendería como mi papá.

Qué cosa tan horrible es unx en la adolescencia, cuando cree que el mundo le debe todo.

Mi mamá no es feminista. Cree que el aborto es una salida fácil para las irresponsables. Mi mamá es homófoba. Fue por eso que me fui de su casa, atribulada por la sensación de que yo, como mi tata, la abandonaba cuando más me necesitaba.  A pesar de ello, mi mamá no puede estelarizar novela alguna porque nunca quiso herirme y su estoicismo es resultado directo de su vida entera, que le hizo creer que aguantar ciertas violencias era inevitable para sobrevivir porque siempre, y de eso no quedaba duda, el asunto podía ser peor.

Mi mamá no es feminista, pero yo sí. Es por eso que tras años de ver para adentro una vida que es parte suya, parte mía, pude extenderle la sororidad con la que estamos ahí para otras mujeres, con la que reconocemos las violencias de las que vienen, incluso cuando se acoplan a ellas para tratar de sobrevivir. Pude permitirle ser en mi vida una persona, no un tótem.

Es por eso que el día que decidió reaparecer, años después,  en la banca de una pupusería un día cualquiera de diciembre, no le vomité encima la rabia del presunto abandono y del abuso presenciado. Ella habló, sí, de cosas que creí no discutiríamos nunca. De su homofobia. Del miedo que le da todo lo que soy, del orgullo que siente de que sus hijas sean quienes quieren ser. De que entonces, a sus 53 años, por fin se sentía tranquila.

Mi mamá tiene ahora 55 años y está construyendo una casa pensando nomás en sí misma. Nunca en su vida ha tenido un cuarto para ella sola. Me lo cuenta divertida, emocionada. Elegimos muebles, colores de pintura. No recuerdo absolutamente nada de mi madre antes de mis 8 años y pasé casi una década resignada a morirme sin conocerla más allá que lo único que sabía de ella: que le gustaban Luis Miguel y las pacayas. Estaba lista a vivir llorando la tragedia de no poder conocerla nunca, a Jacqueline la persona, no la estrella del hospital ni la lideresa del sindicato ni la reina y señora de la horchata de coco.

Ahora me llama, me invita a almorzar y se ríe a carcajadas de la ironía de que yo, una lesbiana rotunda, no sepa echar tortillas bonitas. Eso es lo más bonito que me han dado los feminismos, mirá, la sororidad también con mi madre. Perdonarla, aunque la palabra no quepa. Entender que no, su historia no es la mía. No necesito que me la cuente. Me basta con verla vivir, con que me deje vivir cerca de ella. Con saber, de una vez por todas, qué se siente oír a Jacqueline, mi madre, reírse conmigo a carcajadas.